sábado, 27 de junio de 2009

El caso Blanco Calderón


Hay escritores con suerte: aquellos que con el libro inicial ganan un puesto en la frágil y delgada barra de las congratulaciones. Para la mayoría, sin embargo, la recepción de su escritura suele ser un asunto de coraje y paciencia. Coraje para aceptar que lo publicado es probable que no se comente porque, tal vez, no se leyó; paciencia, por el silencio que obliga a seguir intentando ser atendido siquiera en una breve reseña de prensa.

Rodrigo Blanco Calderón es de los afortunados. Desde cuando se dio a conocer como uno de los ganadores del concurso de inéditos de Monte Ávila Editores del año 2005 ya su nombre circulaba con respeto por los pasillos de la Escuela de Letras, ese escenario que suele aparecer en muchos de sus relatos, pues se le tenía (se escucha decir a sus allegados) como un bisoño genio. La obtención del premio de cuentos del diario El Nacional (2006) no haría sino confirmar el rumor: al parecer estábamos ante un precoz talento. Cabalgar la cresta de la ola publicitaria de nuestro sector cultural ha hecho posible la aparición de su segundo volumen de cuentos: Los invencibles (Caracas: Random House Mondadori, 2007). No obstante, ¿cuánto de solvencia narrativa hay en sus textos? ¿Cuánto le debe Blanco a la propaganda? ¿Será pura buena suerte?

Interrogaciones obvias, ya que desde hace al menos seis años otros nuevos narradores circulan en el medio venezolano sin disfrutar, al menos hasta el instante de redactar esta nota, del mismo reconocimiento de Blanco Calderón, pese a que sus primeros libros lucen tan consistentes como los de él. Es el caso, por ejemplo, de Carolina Lozada, Luis Enrique Belmonte, Krina Ber o Héctor Torres. (Hay otras presencias curiosas en el panorama literario actual: los nombres de Salvador Fleján, Federico Vegas y Enza García, los cuales requerirían un detenido análisis en relación con el prestigio que se ha ido creando alrededor de sus libros y de sus figuraciones públicas.)

Un primer rasgo material de Los invencibles es la longitud de los relatos. El libro tiene 153 páginas, pero sólo seis cuentos. Esta característica ya nos la había mostrado Blanco Calderón en Una larga fila de hombres (2005), donde cinco textos ocupan 139 páginas. Allí, “Uñas asesinas” tiene las dimensiones, y algunos piensan que el aliento, de una pequeña novela (75 páginas). Aun cuando la estadística pueda parecer vana, lo cierto es que el hecho indica la necesidad de convertir la lectura en una suerte de máquina de historias que requieren de otras historias (sobrepuestas, laterales, soterradas), para exponer la mayor cantidad de matices que se intenta convertir en metáforas de la cotidianidad.

Una cotidianidad sui generis, pues en cinco de los textos el tema de la literatura ocupa excesivo espacio. Es decir, no parece muy verosímil que casi todas las sensaciones transmitidas por las anécdotas vengan mediadas por algún pasaje, título o referencia literaria. Un aspecto quizá cuestionable si lo que se busca es una amplia proyección de las historias, un universo lector al cual los guiños librescos no le obstaculicen el disfrute. Tal vez a Blanco Calderón le interesa un público focalizado: ese que calienta los pupitres en las escuelas de letras y, después, las tarimas de clases. Sin embargo, debe admitirse que en ocasiones cansa tanta sabiduría literaria. Pero pasemos a evaluar detenidamente cada trabajo del volumen.

El libro abre con “Los invencibles”, relato de una cópula a la cual se le sobre impone una premonición que recuerda el tiroteo del infame Joao Gouveia en la Plaza Altamira de Caracas, los días cuando un grupo de militares tomaron aquel espacio como protesta contra el gobierno de Hugo Chávez. Se trata, en realidad, de una mera suposición, pues el texto nunca refiere de manera directa el acontecimiento, aunque lo deja entrever para quienes manejamos el dato. Al narrador lo que le interesa es contar el cuento que otro personaje le ha relatado (una estrategia recurrente en el libro): el breve instante de amor realizado en un banco de la solitaria plaza. Todo ocurre en una noche, como en los sueños. La virtud de este cuento acaso estriba en que al final no sabemos si Camilo, el protagonista, soñó, vivió o alcanzó a vislumbrar lo que sucedería. Sin embargo, ¿el detalle sobre la balacera funcionaría para lectores de otros contextos? ¿O para quienes nada saben del hecho real?

Aquí es propicio señalar un aspecto destacable en tres de los relatos del libro: la exigencia de ambientar las anécdotas en algún acontecimiento de la historia venezolana reciente. En “Los invencibles”, ya vimos, el asesinato perpetrado por Gouveia; en “El último viaje del Tiburón Arcaya”, la tragedia (o vaguada) de Vargas del año 1999; en “Los golpes de la vida”, el paro petrolero de 2002. Esta necesidad es tan evidente que da la impresión de que a cada hecho factual impactante de la vida del país, Blanco Calderón le escribe su correlato; esto es, le responde con un cuento.

El segundo texto de Los invencibles es un relato en el cual se nota la compulsión libresca e inocuamente erudita del autor. Se titula “El biombo” y puede tomarse como un homenaje al escritor Miguel Gomes construido sobre la base de una historia en apariencia muy conocida por ciertos grupos de la Escuela de Letras de la UCV. Hay menciones, solapadas de manera ingenua, a escritores del patio: “Guillermo Cascadas” (Meneses), “Federico Vargas”, “Ana Malena Torres”. Se observa, asimismo, cierto cuestionamiento a algún resultado del concurso de cuentos de El Nacional y, en consecuencia, a la dinámica de las instituciones de promoción de la literatura. La historia gira en torno a una extraña pareja de ex-estudiantes de letras y a las orgiásticas reuniones que uno de sus miembros solía realizar en su casa, so pretexto de llevar un taller literario. Sin duda, este resulta el texto más infeliz del conjunto.

Por su parte, en “Calle Sarandí” se narra la historia de un personaje quien para sobrevivir debe disfrazarse de El zorro (protagonista de un célebre serial televisivo). Es un cuento redondo, bien logrado, en el cual se capta con precisión la maldad infantil y el ambiente callejero.

En “El último viaje del Tiburón Arcaya” nos topamos con la historia de fracasos del equipo de béisbol Tiburones de La Guaira, contada como una derrota continua que se ve reflejada, simultáneamente, en el deslave ocurrido en diciembre de 1999 (los días del referéndum para la aprobación de una nueva Constitución de la república) y en el rápido ocaso de un pelotero: Leonel Arcaya. Aquí también el narrador recibe la anécdota de otro personaje; él sólo se encarga de transmitírnosla. Los pormenores relacionados con la caída del club de pelota son rigurosamente ciertos; lo mismo puede decirse sobre el deslave. Es tal el apego a la realidad que por momentos nos parece estar leyendo una crónica. El propio narrador está al tanto de ello, como se deja colar en el siguiente fragmento: “En enero de 2006 recibimos otro golpe decisivo: el fallecimiento, por una extraña enfermedad, de Carlos «Café» Martínez, el jugador más querido, problemático e inimitable que ha tenido La Guaira. Se nos terminó de morir el pasado y nuestro futuro es un cauce de río seco. Hoy, primero de enero de 2007, fecha en que escribo esta crónica del desconsuelo, la sequía persiste como una estampa a contraluz del aguacero” (p. 102).

Como ya es costumbre, en “El último viaje del Tiburón Arcaya” Blanco Calderón rinde examen de sapiencia literaria: “Mi corazón era un sol negro: depresión y melancolía” (p. 86), alusión a un título de Julia Kristeva; “«El hombre que hablaba de Irene de Judibana»” (p. 93), imitación del nombre de una conocida novela de Alfredo Bryce Echenique; para no citar pasajes de indudable raigambre literaturosa.

Lo mismo se evidencia en “La hora sin sombra”, relato de tono fantástico que de algún modo sustenta su anécdota en una referencia literaria: “Criaturas de la noche”, cuento de Israel Centeno incluido en el libro del mismo título. En este trabajo, Blanco Calderón utiliza la estrategia del doble para narrar el extravío de un montañista en el Cerro Ávila. El delicado manejo del punto de vista hace que sólo hasta muy avanzada la historia nos percatemos de que quien narra es un personaje desdoblado por la alucinación o por la pérdida de la conciencia racional.

Cierra el volumen “Los golpes de la vida”. Con este relato, Blanco Calderón ganó la 61ª edición del concurso de cuentos de El Nacional, en 2006. Sin duda, es el texto más logrado del libro. Plagado de justificadas, ahora sí, referencias literarias y de menciones a escritores, el texto es un homenaje a Francisco Massiani. La anécdota se basa en una frustrada reunión entre Julio Cortázar y el venezolano. La estrategia reside, de nuevo, en presentar a un narrador cuyo papel consiste en escuchar al personaje que relata la historia central del cuento. No obstante, el lector es puesto al tanto de lo que sucede gracias a ese narrador-escucha, el cual suele presentarse como una figura secundaria.

Para incrementar el grado de complejidad, y con ello las inflexiones narrativas, a la fábula central se le insertan un par de pequeñas historias: 1) la de los restaurantes chinos; 2) la del encuentro entre Baica Dávalos, Juan Carlos Onetti y Delio Otero. Estas inserciones son muy del gusto de Blanco Calderón, acaso como respuesta al influjo de la misma práctica observada en la narrativa del chileno Roberto Bolaño, pero también en la del peruano Julio Ramón Ribeyro y en la de los argentinos Ricardo Piglia o César Aira. Es decir, estamos posiblemente ante una manera de composición propia del espíritu de los tiempos, o de la moda.

Ahora bien, al inicio de esta nota nos preguntamos si la celebridad de la cual goza la narrativa de Blanco Calderón se debe a solvencia narrativa, a propaganda o a pura buena suerte. Debemos decir que Los invencibles revela efectividad en el manejo de la forma, la prosa y la resolución de los temas. Respecto a la propaganda y a la buena suerte es difícil pronunciarse. No obstante, hay hechos irrefutables: el hombre conduce un programa de radio, es miembro de una web popular (Relectura) y suele ser mimado por la prensa. Su prestigio ha ido creciendo con rapidez acaso como resultado de esas actividades. Con todo, pese a la carga docente con la que a veces nos alecciona, complace este segundo libro más sólido que el primero y su voluntad por buscar en el oficio el posible camino a alguna revelación estética o del espíritu.

jueves, 8 de enero de 2009

Chupando sangre en el calorón


Un vampiro en Maracaibo (Alfaguara, 2008, 256 p.) de Norberto José Olivar, aparece, en cierta medida, con la fuerza de una refrescante oscuridad en el panorama de la novela venezolana actual. A tono, acaso, con cierto resurgimiento en todo el orbe de la fascinación por lo inexplicable y misterioso y, dentro de ese amplísimo universo, por una de sus figuras tutelares en particular –el vampiro–, el libro cuenta las peripecias de un profesor universitario que intenta escribir una novela para reconstruir los extraños sucesos en torno a un vampiro (o enfermo, sádico, desquiciado, satánico, monstruo, incomprendido, será el lector quien decida) que causó escándalos en la ciudad de Maracaibo en el siglo XX, aunque su historia pica y se extiende hacia el pasado y, por qué no, hacia el futuro.

Maracaibo, explica en algún momento el narrador, es propicia a los fantasmas por el exceso de agua alrededor de la cual se articula como ciudad. Para contrarrestar eso hay iglesias estratégicamente ubicadas. Ésta, que es sólo una de las muchas hipótesis iniciales que explican la presencia del vampiro Pérez Brenes en la “Tierra del sol amada”, como escribía el buen Baralt, se va sumando a muchas otras: científicas, religiosas, esotéricas, populares y míticas. Igualmente, una serie de discusiones entre personajes de distintos ámbitos (sacerdotes, policías, campesinos, militares, hombres, mujeres y niños de la ciudad) van dándole densidad y espesor a la idea problemática del vampiro, a la estela de misterio que lo rodea, a los extraños prodigios que implica su propia historia: su presunta y trágica inmortalidad, su insaciable sed de sangre y su presencia, por lo menos curiosa, en el calorón marabino. De este modo, el discurso narrativo que diseña y ejecuta en su hacerse la trama de la novela se ve redimensionado por el discurso ensayístico o reflexivo general al que el lector accede desde la voz del narrador o desde los parlamentos de sus múltiples y, a veces entrañables, personajes.

Así mismo, la novela pone en escena la conciencia del escritor que investiga para construir una ficción – Un vampiro en Maracaibo se propone como el relato de una “investigación histórica muy singular” (p.11)–, las múltiples dificultades que enfrenta y el diálogo constante con otras ficciones, con otros autores y con sus imágenes e ideas. Las citas de Baricco, Sábato, Vila-Matas, Saramago y tantos otros, le dan a Olivar una suerte de colchón o apoyo al cual puede acudir constantemente en momentos de flaqueza, en los muchos valles, picos y profundos lagos que el novelista debe sortear o atravesar si quiere llevar a término su empresa. Un vampiro en Maracaibo es, en ese sentido, la puesta en escena de las dificultades de la escritura de una novela y encarna, a ratos, la imposibilidad del escritor para resolver ciertos problemas ficcionales, para conducir con igual fuerza los diversos ríos que recorren, bordean, cruzan y diluyen, reduciéndolo o expandiéndolo, el río principal del relato: su esqueleto narrativo, la trama de fuerza que nos cuenta. Así, pues, las reuniones en la fuente de soda Irama, la historia personal del protagonista –un profesor universitario divorciado y con dos hijos, que ya escribió alguna novela y ahora emprende una nueva empresa literaria–, la precaria aparición de ese personaje femenino que es Lolita y cuya existencia en una de las muchas subtramas de la novela parece estar de sobra, encarnan, muchas veces, desvíos que empobrecen la totalidad de la obra; desvíos que el novelista sabe necesarios, pero que no afronta con el mismo tino –y debe hacerlo; allí, también, la hazaña de lograr una magnífica novela­– con el que se enfrenta al núcleo de su obra. Es entonces cuando la novela gana notable interés, cuando se centra en su asunto: rehacer la historia de un extraño sujeto que “vivió” en Maracaibo en pleno siglo XX y que fue acusado de vampirismo. Es esta la historia que configura la mayor parte del libro y la que el lector “devora”. Pero a ratos, y aquí la mínima falla de Un vampiro en Maracaibo, el lector empieza a sentir que lee por puro compromiso, como por deber, como la cola de un banco que hay que calarse porque no queda otra opción, cada vez que la historia central se interrumpe y la novela se abre en una serie de brazos menores, casi siempre de orden ficcional (el protagonista cuenta una novela de E. Kostova que leyó, le cuenta a sus hijos por teléfono una historia de piratas de la que los hace protagonistas) que hay que pasar rápidamente, que hay que dejar atrás para volver a caer en el tronco del árbol, en el río de sangre y sombra que constituye el grueso y lo mejor de Un vampiro en Maracaibo.

Pero esta es una falla mínima. Una mínima puerta que Olivar nos obsequia para la reflexión sobre la salud de la novela venezolana. ¿Cómo lograr que los desvíos sean, en verdad, necesarios, que la obra los exija y que estén allí porque de no estarlo pondrían en peligro la firmeza de la estructura narrativa y podrían dar lugar, en el peor de los casos, a que lo que la novela ha logrado, levantado y sostenido se derrumbe ante el primer viento contrario? Es una pregunta que se han hecho grandes novelistas. En las novelas de Dostoievski, Flaubert, Camus o Conrad; en las de Onetti, García Márquez, Guimaraes Rosa, Vargas Llosa o Bolaño; en las mejores, para no ir muy lejos, de Carlos Noguera, José Balza o Ana Teresa Torres, en poéticas de la novela tan disímiles, los desvíos dejan de ser tales. Las tangenciales devienen arterias básicas para el tránsito o la circulación del relato, para el desarrollo limpio, orgánico y eficaz de la trama principal. Las historias menores pierden su carácter de historias menores y en algún punto se confunden con la historia mayor, se convierten en un mismo cuerpo, que ya no sólo funciona a golpe de corazón y cerebro, que tiene conciencia de que los pulmones, el hígado, el páncreas o los riñones son igualmente importantes para que el cuerpo viva y no se apague a ratos, en días invernales o páginas de sobra, lo que nos mueve y emociona y nos permite existir.
Pero acaso la educación del novelista deba pasar por estos trances. Errar, si es que acaso podemos usar una palabra tan grave, para hacerse más fuerte, para ganar soltura y peso narrativo. Sin duda, Olivar es un narrador con cierta trayectoria al que seguiremos leyendo con interés y atención. Ya en Un vampiro en Maracaibo demuestra tener madera suficiente para contar una historia y contarla bien. Para obviar, además, el riesgo que pudiese significar la elección de un asunto tan poco explorado en nuestras letras (el vampirismo) y la probable desaprobación implícita de cierta crítica que sigue considerando el tema erótico, el policial o el de horror sobrenatural como literatura menor. Y para ambientar su historia, además, en una de las ciudades más solares y cálidas de nuestro país, la menos gótica y tenebrosa, la última que un vampiro en sus cabales elegiría como su morada. Y que, sin embargo, gracias al trabajo del novelista y a lo que esta experiencia de lectura representa –sacro poder de la ficción–, se convierte en el lugar perfecto para ir por la vida chupando sangre, al ritmo del fuego de las sombras.

domingo, 16 de noviembre de 2008

Resultados electorales de A. Perdomo C.A


La Cámara electoral de Los Perdomo emite su boletín oficial con los resultados de sus primeras elecciones nacionales. Los Perdomo quieren agradecer al pueblo venezolano su participación masiva y democrática, así como informar que serán reseñados el libro y el autor ganador así como los 3 primeros finalistas. Quienes quieran revisar la totalidad de la encuesta pueden hacerlo con sólo pulsar la opción "view" del cuadro respectivo. 

El próximo libro a reseñar por Los Perdomo, por decisión popular, es la novela "Un vampiro en Maracaibo", de Norberto José Olivar. El autor marabino dio una verdadera paliza a sus otros contrincantes al obtener 81 votos de un total de 194 emitidos. Esto se traduce en un 42 % de las preferencias de los votantes.

En segundo lugar tenemos a Rodrigo Blanco Calderón con su libro de relatos "Los invencibles", que obtuvo 41 votos para un 21 % de la totalidad de votos emitidos. 

 En tercer lugar aparece Fedosy Santaella con su libro de relatos "Piedras lunares", que obtuvo 14 votos para un 7 % de las preferencias. 

En cuarto lugar está Victoria de Estéfano con su novela "Lluvia", que obtuvo 13 votos para un 7 % del total de votos. 

No nos queda sino agradecerles su participación y esperar con un poco de paciencia la publicación de estas 4 reseñas que aparecerán en los próximos días. Les recordamos que también estamos en facebook y nos pueden agregar por esa via a su lista de contactos. 


jueves, 16 de octubre de 2008

Los Perdomo adelantan las elecciones


Así como lo leen, apreciados usuarios. Los Perdomo ofrecen a sus lectores la posibilidad de elegir los próximos libros a reseñar. Sólo deben votar por una de las opciones que ofrecemos en el recuadro de la encuesta. Recordamos que sólo se puede seleccionar una opción y sólo se puede votar una vez por día. La encuesta permanecerá abierta durante un mes: desde el 16 de octubre hasta el 15 de noviembre de 2008. Así que ¡a votar!

   

martes, 14 de octubre de 2008

Conozca la verdadera identidad de Los Perdomo


Revelamos aquí los resultados de nuestra encuesta sobre la verdadera identidad de Los Perdomo, con base en un total de 57 votos emitidos. Las opciones a la pregunta "¿Quién cree usted que está detrás de A. Perdomo C.A?" fueron las siguientes: 

A) La CIA, que obtuvo 6 votos, es decir, el 11 % de las preferencias. 

B) Douglas Palma y cinco intelectuales ninja, que obtuvo 8 votos, es decir, el 14 % de las preferencias.

C) Alicia Perdomo, que obtuvo 12 votos, es decir, el 21 % de las preferencias.

D) Un conglomerado de profesores amargados del Pedagógico de Caracas, que obtuvo 22 votos, es decir, el 39 % de las preferencias. 

E) Harold Bloom, que obtuvo 9 votos, es decir, el 16 % de las preferencias. 

De modo que, por decisión popular, Los Perdomo son...¡Un conglomerado de profesores amargados del Pedagógico de Caracas! 

miércoles, 17 de septiembre de 2008

Extravíos del corazón


Los redactores de la contratapa de El bululú de las ninfas (Editorial Alfa, Caracas, 2007. 143 p.), novela de José Pulido, resumen de este modo el interés de la obra: “… libro desbordante de humor y sensualidad tropical que narra el desarrollo de varias historias personales y el recuento de un homicidio. Se intuye un misterio flotando por ahí, como un vapor que jamás se difumina.” La breve presentación finaliza con este desternillante párrafo: “… es una novela que va a quedarse para siempre en la memoria de los lectores. Qué cosa tan inquietante. Pero pueden jurarlo: no van a poder sacudírsela del corazón”. La verdad, cualquier aventajado estudiante de letras pudo haber escrito algo menos ambiguo e inocuo, aunque es difícil, debemos admitirlo, sintetizar en pocas líneas el flojo argumento de una narración que promete ser un policial, pero que a fin de cuentas se transforma en un tosco melodrama.

Editar un libro implica atender debidamente una serie de detalles: desde el diseño de la carátula hasta las líneas que, en apariencia, venderán el producto; también, y perdonen la impertinencia, la selección de una historia atractiva y bien construida, pero sobre todo, que revele cuidado en el manejo de los instrumentos expresivos: una carpintería libre de queísmos y de malas acentuaciones, lo cual indica, de paso, que la tarea de corrector de pruebas aún no se profesionaliza entre nosotros (véase este ejemplo: “… tiene que subirse a la cerca para saltar al otro lado. Recorre un hatajo [sic] encementado y escucha los latigazos..., p. 116. Queísmos: “avanzó bastante en este sentido, hasta el punto que…”; “El hecho que le pusieran yogurt en el sexo…”; “Ahí me di cuenta que yo era un inocente…”; pp. 43, 82, 96).

Estas inconsistencias pueden considerarse menores al compararlas con el “misterio” de la trama general: el cadáver de una turista alemana hallado en Naiguatá. Todo parece indicar que estamos ante la estructura clásica de un texto policíaco; sin embargo, a medida que avanza la lectura, Pulido introduce historias menores que, lejos de incrementar la curiosidad, extravían la atención y disminuyen el impacto de la escena que abre la novela. Así, varias sub-tramas van oscureciendo el motivo básico (“una mujer que amaneció desnuda, violada y muerta, en el ensimismamiento de la playa”, p. 7) hasta borrarlo por completo. Tanto que la resolución del caso se produce de manera casi fortuita, cuando ya otros temas ocupan el discurso del narrador.

No obstante, debe reconocerse que algunas de esas mínimas historias, una de las cuales terminará copando el escenario (la del amor no correspondido de Bubute por Antonia), son atractivas desde la perspectiva de los recursos técnicos que utiliza el autor para materializarlas. Un caso específico sería el modo como se logra trasegar el registro del habla cotidiana de Bubute, Rado Pernoso y Jackson Arubo; también, el del trío femenino Antonia-Yuleisis-Anaconda. Lo mismo podría señalarse de aquellas escenas donde intervienen personajes incidentales: el barrendero, el dueño del kiosco de periódicos, entre otros.

Otra bondad del libro la constituye el manejo del humor: sin duda, Pulido sabe moverse, casi siempre con solvencia, por terreno tan peligroso:


"La barriga está de un templado. Se le sale un pedo (…) con efectos finales de ametralladora. Los culos de hoy en día casi hablan. Qué hediondez. Trata de ignorar el pedo y mira hacia delante: hay una mujer pidiéndole la cola (…) No puede ser, es Justina Sarmiento (…) Enciende varias veces el yesquero para quemar la hedentina y nada. Detiene el carro unos metros antes de llegar hasta donde se encuentra Justina y sale al asfalto nocturnal.
– No te muevas, Justina… espérame ahí… –le grita y saca el revólver. Se gira y dispara dos veces hacia la oscuridad. Luego entra al carro con el revólver humeante, abanica el espacio interior del vehículo y acto seguido lo enchufa en la revolvera de su cintura barrigona y avanza hacia ella. Mira esas tetas (…) Le abre la puerta (…)
– ¿A qué le disparaste Juancho? [sic; a este personaje se le llama Pancho o Juancho, indiferentemente; otro error, sin duda].
– A un animal que vi por el espejo retrovisor… no sé qué era, pero por si acaso…
­– Hiede a…
– A pólvora… es una mierda la pólvora barata que le están poniendo a las balas… no sé qué coño están haciendo con el presupuesto…" (pp. 39-40)



Destaca, por igual, el ingenioso móvil del asesinato (“Y ahora le exacerba la curiosidad eso de que le hincharon el clítoris de tanto succionarlo”, p. 41).

La teoría literaria nos ha enseñado que el género novela es susceptible de incorporar todo tipo de elementos: cartas, ensayos, relatos, poemas. Tal vez por ello, El bululú de las ninfas se demora en asuntos que al final resultan innecesarios: ¿para qué visita la alemana la precaria agencia de turismo donde trabaja Antonia?; por cierto, ¿dónde fue a parar, en el batiburrillo de historias, esa agencia? Asimismo, ¿hacía falta la anécdota del descubrimiento del sexo entre Bernardito y el trío de ninfas (asumimos que a ellas se refiere el título), con la forzosa incorporación de Bubute, como causa que explicaría el consecuente rechazo de Antonia?

Hay otras debilidades. Si no lo tomamos como pretexto para hacer incursiones sobre el color local, ¿cuál es la relevancia del policía germano? ¿Es verosímil la muerte de Bubute por tétanos? (Las páginas que relatan el suceso no tienen ningún rasgo humorístico, pero produce risa creer que alguien muera, el año 1999, de esta afección; más aún si recordamos que es parte de la sabiduría popular, por llamarla de alguna forma, el conocimiento de ciertas enfermedades típicas en pueblos y barrios: sarampión, lechina, paperas y, por supuesto, la que acaba con el buenazo de Bubute). Tampoco es verosímil, salvo como tópico, el intangible romance entre Pancho y Justina, y el melodramático capricho de un joven por una chica que apenas lo saluda. Este atolondrado enamoramiento resulta, en síntesis, la historia principal de la novela y no la otra, la del extraño asesinato a la orilla del mar.

La más flagrante debilidad revela el escaso planeamiento de la obra: en la frase que transcribimos en el tercer párrafo (“una mujer que amaneció desnuda, violada y muerta”) se menciona el hallazgo de un cadáver violado. Sin embargo, eso nunca ocurrió. La novela no sucede en presente absoluto. Los hechos siempre están en pasado; esto quiere decir que el narrador concreto sabe de antemano cómo se desenvolverán los acontecimientos, por lo cual nos parece que Pulido no revisó el detalle relacionado con el potencial asesino de la alemana: una mujer. Por otra parte, el rasgo más resaltante en el cuerpo de la occisa indicaba otro tipo de fallecimiento, no una violación. Con colocar el adverbio “supuestamente” en esa escena de entrada hubiera bastado. O sólo con revisar, como recomienda el oficio.

Al concluir la novela nos queda la sensación de que Pulido intentó retratar nuestra disparatada realidad con base en las vidas marginadas de un grupo de habitantes de la costa, quienes sufren los embates de un presunto homicidio y de un terrible deslave (clara referencia a la llamada “tragedia de Vargas”, tema que, nos parece, rompe con la atmósfera). Aventuramos la idea como intuición, pues el tono superficial de la obra no supera el simple divertimento ni la desorientada vaciedad de las historias.

Insistimos en reconocer el apoyo que, según señalamos en nuestra anterior reseña, las editoriales privadas brindan hoy al escritor venezolano, pero lamentamos que esa apuesta no distinga aún los libros de baja calidad. El bubulú de las ninfas es una novela con escenas divertidas, nada más. No se busque en ella otras cosas. Seguro que apenas cerrarla podrán “sacudírsela del corazón”.

jueves, 14 de agosto de 2008

Las hombreras narrativas de Milagros Socorro


Que veinte años no es nada, cantaba Gardel, allá por el año 35 del siglo pasado. Y la canción ha vuelto a nuestros oídos no porque la novela de Milagros Socorro, El abrazo del tamarindo (Caracas: Alfaguara, 2008, 110 p.), esté escrita en clave tanguera (más bien su tiempo lo marca el ritmo del vallenato), sino por la sensación de estar leyendo una novela escrita en otra época. Más específicamente, una novela escrita en los años ochenta, cuando el huracán Isabel Allende, con libros como La casa de los espíritus (1982), De amor y de sombra (1984) y Eva luna (1987), hacía estragos en el mercado mundial, dinamitando con su ramplonería romántica la herencia del boom de la novela latinoamericana. Con esta decadente tradición es que se conecta la novela de Milagros Socorro.


Antes de analizar el contenido de la novela, es necesario detenerse en algunas consideraciones sobre la portada, la contraportada y la extensión del texto. Al hojear el libro, lo primero que pensamos es que se trataba de una conspiración en contra de la autora. El abrazo del tamarindo, como se puede apreciar en la imagen superior, cuenta con una portada de espanto, que hace pensar en una película pornográfica o en un fotograma tomado de alguna telenovela de los años 90. Al voltear el ejemplar y observar la contraportada, el horror se triplica al ver las tres frases que apadrinan el libro. La primera es un comentario inteligentemente neutro de Ana Teresa Torres (una neutralidad que se ha vuelto una marca que la distingue como lectora); la segunda es una frase de Rafael Osío Cabrices, evidentemente tomada de otro contexto y que exalta las dotes de periodista, cronista y facilitadora de talleres de Milagros Socorro; y la tercera es una frase de la propia autora de la novela digna de Mario Moreno Cantinflas. Dice Socorro: “el individuo es escritor porque no lo puede evitar, no hay razones para serlo pero hay una única razón para no serlo y es que no lo puedes evitar”.


Para hablar de la extensión del texto, vale la pena citar otra frase brillante que se le escuchó a Milagros Socorro durante su arenga, para nada moderada, en la tercera Semana de La Narrativa Urbana que tuvo lugar en Caracas este año. En este evento, Socorro insistía, en las pausas del flagelo con que castigó a los jóvenes cuentistas, que “en literatura todo lo que no suma, resta”. Esta defensa dialéctica de la brevedad alcanza su punto máximo en El abrazo del tamarindo, una esmirriada novela, de esmirriados capítulos, que se apoya sagazmente en las múltiples portadas de presentación de los capítulos internos para que el libro alcance, con las justas, un poco más de cien páginas. En esta novela el afán por la brevedad parece una máscara sobria que, en realidad, sólo busca tapar las carencias. El laconismo de la escritura de Socorro hace pensar, antes que en el buen uso de las elipsis y que en el arte de la contención, en cobardía o pereza narrativa. Una indiferencia o temor por asumir verdaderos riesgos creativos, como si el límite de la página pudiera salvarla de cometer mayores errores.


La historia que se cuenta en El abrazo del tamarindo sucede en un pueblo zuliano, fronterizo con Colombia, llamado San Fidel de Apón y está narrada por una niña de 13 años que anota sus vivencias en el típico diario que llevan las adolescentes afligidas. Las circunstancias familiares del personaje narrador son de una precariedad tal que la muerte de sus padres representará un alivio y una liberación. La orfandad será el cambio necesario para que el personaje abandone el mundo de los miedos infantiles y entre en la vorágine allendiana del erotismo y la sexualidad. En ambos casos, es la cama de su habitación el espacio donde ocurrirá esta transformación. Ese será el escenario donde la niña sufrirá, primero, el miedo ante la oscuridad: “en esa época estaba convencida de que las noches eran el país de las criaturas espantosas, las que vagaban en medio de grandes sufrimientos y, sobre todo, hondos misterios. La cabecera de mi cama quedaba bajo la ventana y frente al espejo. De manera que podía ver, reflejadas en la luna de la peinadora, las ramas del tamarindo barriendo los vidrios del ventanal como brazos que arañan la salvación” (21). El árbol de tamarindo que preside la habitación y la casa familiar donde vive la niña tendrá los atributos de protección y arraigo que todos los árboles han tenido simbólicamente a lo largo del tiempo y, sobre todo, en los cuentos rurales. De hecho, en la última frase de la novela, cuando ya la niña ha sido desvirgada y parte junto con la orquesta femenina de vallenato a recorrer mundo, el benéfico árbol de tamarindo reaparece como emblema de la memoria y el pasado: “Y las ramas del tamarindo meciéndose sin prisa” (110).


Además de apelar a este costumbrismo de utilería, Socorro hará uso de un horror kitsch con sangre Ketchup para reconstruir la infancia de la niña antes de la aparición de Liduvina, personaje que concentra y pone en movimiento las acciones principales en la novela. En los días previos a la llegada de Liduvina, la niña ha estado sumida en un infierno de muerte, putrefacción y desidia. Su padre ha fallecido después de una larga enfermedad, y la madre, enloquecida, se encierra en un escaparate rehusándose por completo a salir. La niña, por su parte, permanece en su cama mientras ve cómo las ratas que pululan en la casa se devoran los restos de la comida que una prima de su madre deja de vez en cuando. “Otro día”, cuenta la niña, “las ratas, hambrientas, empezaron a rondar mi cama y el escaparate donde mi madre permanecía recluida (…) Por mi parte, carecía de las fuerzas necesarias para ahuyentar los animales y los veía sostener encarnizadas pugnas por un pedazo de plátano podrido o una mazorca enteca; luchaban con tal furia que su sangre me salpicaba la cara y los brazos” (29).


Este horror de cine dominical es interrumpido por Liduvina, una mulata colombiana que viene, por pedido de la prima Elda, a encargarse de la casa. Será este personaje el que le devuelva la vida al tétrico hogar y quien con el carisma tropical y la sabrosura de su personalidad educará sentimentalmente a la niña. Liduvina es el personaje central de la novela pues su irrupción en la trama es la que da un comienzo a la historia y es el acontecimiento que le permite a la niña, en su condición de personaje-narrador, recapitular su vida hasta ese momento. El personaje de Liduvina cumple además con la función de conectar entre sí las otras historias que la autora (¿bostezante? ¿temerosa?) apenas llega a bosquejar. Socorro construye sus personajes con premura y torpeza, con brochazos gordos disfrazados de pinceladas sugerentes, que hacen de El abrazo del tamarindo un texto fallido y prematuro que no supera la condición de borrador.


Hagamos un breve repaso a los otros personajes que participan en la novela.


Entre éstos hay que mencionar, principalmente, a Araceli, cuya historia ocupa un espacio considerable dentro de la trama (páginas 35-59) y permite ver las fallas en la construcción de los personajes y en el ensamblaje de sus vidas en el marco general de la novela. Araceli es una mucama que tiene amoríos con Samuel, el señor de una casa respetable del pueblo. Samuel sucumbirá a los juegos de seducción de su amante y se fugará con ella, provocando un verdadero escándalo en San Fidel de Apón. La fuga será un fracaso y Araceli se irá a vivir a la casa de la niña, que administra su amiga Liduvina. Araceli encarna la previsible ecuación que define a ciertos personajes femeninos construidos desde una perspectiva abiertamente machista y estereotipada. Esa que plantea que lo femenino sólo existe para ser profanado o penetrado. También cabe la posibilidad, teniendo en cuenta que el autor de El abrazo del tamarindo es mujer, que estos estereotipos manidos, hollados, de lo femenino busquen reproducir, a manera de denuncia solapada, la manera en que los hombres (en este caso, los de pueblo) suelen relacionarse con la mujeres. Lo cual nos llevaría a un prejuicio de signo inverso y que es el que al final, lamentablemente, parece imponerse: que lo masculino, como fuerza abstracta, solo existe en el mundo para profanar y penetrar lo que encuentre a su paso (que sería, también de forma abstracta, como “fuerza” pasiva, lo femenino). Así como Socorro fracasa en la verosimilitud de este personaje, igualmente no logra incorporar esta historia con la línea central del relato. Una vez que se refugia en la casa de la niña y de Liduvina, Araceli se diluye entre los otros personajes y entre las otras historias sin que el lector entienda entonces cuál fue la justificación de semejante interrupción en el hilo de la anécdota.


Es también el caso de Desamparados Pontón, un personaje que vendrá a representar otro estereotipo o ecuación caracterológica: la del negrito sabrosón. En realidad, casi todos los personajes del libro de Socorro son negritos y son sabrosones. Lo cierto es que Desamparados, que al final tendrá la tarea de desvirgar con ternura a la niña del diario, es despachado, como personaje individual, en un par de páginas tan insustanciales como las 25 que Socorro dedica a Araceli. Lo mismo podría decirse de Samuel, del corro de amigas de Liduvina, del padre de Samuel y, sobre todo, de Dolores Valier, un personaje verdaderamente ridículo y caricaturesco.


Entre esta marea de figurines, sólo destaca (como el tuerto en el país de los ciegos) Liduvina, con una personalidad y una vida más o menos creíble. Esta relativa fortaleza es lo que la convierte en el “lugar de encuentro” de todos los personajes. Es Liduvina quien permite que sus respectivas circunstancias se conecten y es ella quien hace la propuesta que al final será el eje de la novela: la creación de un grupo de vallenato conformado exclusivamente por mujeres.


Quizás sea este episodio el más lamentable de la novela de Socorro. Como si quisiera revivir con su escritura ochentosa a otro ícono de esa época, Socorro transforma a sus personajes en una versión renovada y colombiana de Las chicas del can. La música será el vehículo de expresión del girl power, la alternativa exótica que estas mujeres de la mala vida encuentran a las imposiciones socioculturales de su tiempo. A este cliché francamente penoso podríamos sumar varios otros característicos de la más rancia escritura militante-femenina: creer que toda novela protagonizada por mujeres debe tener su juego manchado de lencería: ¿hasta cuándo se van a narrar menarquias y primeras veces trágicas o tiernas?; creer que los hombres, el matrimonio y la familia son aberraciones per se de las cuales las mujeres tienen que escapar si quieren tener una vida aventurera y bonita; creer que la afirmación de lo femenino se reduce a que un grupo de mujeres haga lo que normalmente hacen grupos de hombres; creer que la liberación sexual, como tema literario, todavía es polémico y transgresor.


Todos estos clichés se resumen en la petición que hace el personaje Dolores Valier (la excelsa acordeonista que transformará en una verdadera orquesta a ese grupo de aficionadas al vallenato) a las otras mujeres que participan en esta historia: “Nada de maridos…ni uno sólo, pues. Nada de casas fijas, viajaremos todo el tiempo buscando las mejores plazas. Nada de rapiña, el dinero que ganemos lo repartiremos por igual entre todas. Nada de virgos que cuidar” (97). Esta resolución, sobre todo la última, es la que llevará a que Liduvina entregue a la niña para que el negro Desamparados Pontón la desvirgue. En la penúltima página, antes del himno al árbol del tamarindo con que cierra la novela, Socorro pone la guinda en la torta de la cursilería con una última declaración cantinflérica: “Dejo San Fidel sin haberlo conocido del todo; quizás por eso lo amo. Liduvina ha adivinado mi inquietud, dice que el exilio es cosa dura y que uno nunca termina de reponerse, pero aunque uno vaya muy lejos y duerma en muchas camas, sólo es dado tener una casa y ésa está siempre en el corazón, que de otra manera quedaría destrozado” (El subrayado es nuestro, p. 109).


Mientras ustedes reflexionan sobre este último contrasentido, aquí podemos plantear algunas ideas y preguntas para concluir esta lectura de El abrazo del tamarindo.


Lo que nos inquieta no es el hecho de que se haya publicado una novela mediocre. El mercado editorial venezolano se está llenando de un conjunto cada vez más numeroso de obras regulares o pésimas que desde ya han pasado al olvido. Lo que preocupa es que sean autores como éstos, con una obra tan limitada de temas y recursos, quienes estén formando a los nuevos escritores. Lo que preocupa es no saber dónde ha estado metida Milagros Socorro, como lectora, en los últimos 20 años. Lo que preocupa es que el tiraje de 6.000 ejemplares de El abrazo del tamarindo, ratifica la apuesta codiciosa de Alfaguara por una literatura fácil, que no se atreve a modificar los gustos de los lectores y ha terminado por colocarle unas hombreras irritantes a la narrativa venezolana “contemporánea”. En todo caso, no nos pongamos de mal humor. Celebremos el surgimiento amparado por las grandes editoriales de la literatura de best-seller en Venezuela. Esperemos que al menos los árboles, no sabemos si de tamarindo, que ahora reposan en esos 6.000 ejemplares no hayan muerto en vano. Recibamos el abrazo de esos árboles con sabor a pan y a circo.