viernes, 27 de abril de 2007

Antología secreta


Ya es un lugar común hablar (o escribir, que para el caso da lo mismo) de los repuntes de la narrativa del patio. Por la sucesión de libros de nuevos autores y la aparición de varias antologías, se podría pensar que tenemos ya un corpus variado de cuentos y novelas representativos -al parecer los libros de crítica aún no comienzan su periplo-, los cuales serían una prueba inmediata de nuestro resurgimiento narrativo. Estaríamos en una especie de boom. Así, sin más. Pero esas cosas, es sabido, requieren de factores no siempre predecibles. La sedimentación es necesaria para que se articule verdaderamente, en el público lector y la crítica especializada, una promoción de escritores. Así como la constancia en la escritura y la producción sostenida de obras de buena factura, para que el mentado estallido reverbere en los ojos y los oídos de las generaciones futuras. De estos intentos por agrupar a los más recientes narradores destaca De la urbe para el orbe, antología realizada por Héctor Torres y Ana Teresa Torres (Alfadil, Caracas, 2006), con prólogo de Luis Barrera Linares. Este libro incluye relatos de autores no “consagrados”, sin importar la edad, inéditos o no. El criterio, como se ve, es simple. Más discutibles son los preceptos de la antología Las voces secretas. El nuevo cuento venezolano (Alfaguara, Caracas, 2006, p. 372) compilada por Antonio López Ortega.

Para precisar lo discutible del criterio de López Ortega quisiéramos utilizar un axioma de sabiduría futbolística. Si durante un juego de fútbol, dicen con frecuencia los comentadores y los entendidos anónimos, el árbitro pasa desapercibido, entonces se puede afirmar con seguridad que el árbitro es bueno. Si, por el contrario, su figura ordenadora está muy presente, bien sea interrumpiendo a cada rato el juego o remarcando su ineptitud en la silenciosa indolencia del silbato que no sanciona o simplemente menciona las “faltas”, entonces el árbitro, al menos en ese juego, no ha cumplido con su trabajo. Algo parecido ha sucedido con López Ortega en su condición de árbitro-compilador-prologuista de la mencionada antología. La jerga futbolística no es casual ya que en estos términos se dio la primera verdadera discusión sobre el libro, como todos los internautas (incluidos los presuntos implicados) lo pudieron comprobar en la encendida y controversial reseña publicada en Demalamadre (www.demalamadre.blogspot.com). Blog al que, por cierto, la gente de Alfaguara debería cancelarle honorarios por conceptos de publicidad, pues a los propios cuentistas de la antología no se les pagó ni un bolívar.

Fue en uno de los tantos comentarios anónimos que suscitó aquella reseña, donde encontramos un señalamiento importante que permite precisar aún más las deficiencias del criterio de selección. Alguien apuntaba que López Ortega no había hecho otra cosa que matar dos pájaros de un tiro: la mayoría de los autores de Las voces secretas ya habían sido reunidos en una antología anterior, aparecida pocos meses antes, en la revista Zona tórrida (título profético de lo que vendría) de la Universidad de Carabobo. Esto es cierto y las únicas diferencias importantes que encontramos al buscar y comparar ambas antologías, a parte de la inclusión de unos cuantos autores más, tienen que ver con los propios textos (mismos autores, diferentes cuentos) y con el tono y las expectativas del prólogo, también escrito por López Ortega. En el caso de Las voces secretas se trata de una antesala neutral y esperanzada. En el de la revista Zona tórrida predomina en cambio un escepticismo más bien pesimista. ¿Por qué esta fluctuante animosidad si se trata, en el fondo, de los mismos autores? No sabríamos responder.

A todo esto hay que agregar, remontando aún más la fuente de las referencias, que la misma antología de Zona tórrida tampoco es producto de una verdadera investigación: cualquier lector de la revista Veintiuno de la Fundación Bigott, de la cual López Ortega es editor, puede ver que es de allí de dónde ha sacado buena parte de sus “voces secretas”: Armando Coll, Miguel Gomes, Alberto Barrera Tyszka, María Celina Núñez, Salvador Fleján, Luis Laya, Héctor Torres, Slavko Zupcic y Fátima Celis. ¿“Voces secretas” respecto a qué? Evidentemente, no al hecho de ser inéditos. En este sentido, resulta aún más cuestionable el título de la polémica antología: evidentemente, el “secreto” era otro.

Dicho esto, no nos queda sino hacer un repaso de las historias que estos nuevos narradores nos cuentan en esta antología de Alfaguara, con el respectivo paneo crítico sobre las tramas y los estilos.

La ciudad con su violencia aplastante contiene historias de variada magnitud. Por ejemplo, “Anoche”, de Alberto Barrera Tyszka, se estructura en un ambiente de pesadilla, donde se unen el remordimiento y la desmemoria. Manuel, el personaje central de la trama, se ve implicado en las consecuencias del abismo alcohólico del día anterior. Con la resaca a cuestas intenta hilvanar los sucesos que lo atormentan. En este relato, la pulsión se encamina hacia un final desconcertante, tanto por lo que insinúa en la trama como por su misma presencia como herramienta de cierre. A lo largo de la antología, este tipo de cierres “abiertos” y “enigmáticos” serán frecuentes.

De igual manera, la urbe a deshora perturba al personaje del relato “La oportunidad”, en el cual Luis Laya nos entrega una magnífica idea, que apunta con ciertas indecisiones hacia su culminación. Baste hacer notar cacofonías inexplicables: “Cuando dicen que Eduardo perdió conexión con la satisfacción que antiguamente recibía de sus labores, refieren a una sensación casi de pánico…” (p. 207. Las cursivas son nuestras); “Más allá de la cuesta, la lejana autopista ofrecía un recodo a la vista”; o bien frases que no terminan de entenderse (“De tres, una le decía que sí con la actitud y terminaba mal cogida en una habitación de hotel a la que medio le cerraba la puerta”, p. 208). Por otra parte, las reiteradas comparaciones pierden muchas veces su efectividad. En todo caso, el entorno existencial que propone Laya para su héroe mantiene cierto interés dada la profundidad con que se examina la desazón y el cambio de vida circunstancial que se le plantea a éste.

En una estructura narrativa circular, perfilada en fragmentos de vida que se entrelazan sin mucho éxito, se urde el precario intento de Karl Krispin, quien recurre al amor fallido y la decisión de su personaje de enfrentar una vieja deuda pospuesta consigo mismo en “Sobre el trampolín”.

Menos ambicioso, pero con sutiles logros narrativos, se muestra el excelente relato “Sobremesa” de Armando Coll. Allí, con frases de tono sintético y sugerente –sirva de ejemplo: “El viento pasaba las páginas como un ansioso lector invisible” (p. 50)–, la pulsión cortazariana o el deslinde jameseano dan una vuelta de tuerca al comienzo de la edad de la razón del personaje-narrador, quien descubre hacia el desenlace el enigma central de la trama y con ello la pérdida irremediable del paraíso infantil.

También el extravío de una edad esencial es el asunto de “Amor que a otro puerto perteneces”; sin embargo, la evocación es la premisa que se articula en el intento por recuperar la figura paterna. Entonces se entrelaza, de manera pareja y precisa, la composición del relato que nos va prometiendo paso a paso el narrador adolescente confeccionado por Slavko Zupcic.

La prosa experimental ha sido una constante en la obra de Armando Luigi Castañeda, por ello no es de extrañar que su presente entrega tenga esta vocación como sustento. No obstante, pese a ser notables sus logros en su obra anterior en este ámbito, donde narraciones fragmentarias dan unicidad a construcciones complejas de largo aliento (baste recordar la descollante novela La crisis de la modernidad, 1997) es difícil aceptar que “Historia de una puerta”, cuya anécdota tiene como protagonistas a una pareja de recién llegados a Barcelona, España, quienes son seducidos por las pertenencias de unos desahuciados, funcione como un cuento, ya que no cumpliría con los requisitos propiciados por la esfericidad que se le ha endilgado al género.

Por su parte, Juan Carlos Méndez Guédez también echa mano del recurso experimental en su relato “Boceto para una historia feliz”, donde se impone una lectura atenta de voces que se van intercalando para mejor desentrañar otra vivencia de la entrada a la adultez. Esta vez se vislumbra en Mayela, Sheila y Mariano el recuento de la imposibilidad de relaciones fraternales traspasadas por el aprendizaje sexual.

Sin redundar en lo formal, pero hilvanando una anécdota certera desde uno de los extremos de la parodia que pudiera ser el esperpento (esperpento: en el que se deforma la realidad, recargando sus rasgos grotescos, sometiendo a una elaboración muy personal el lenguaje coloquial y desgarrado), se afinan dos historias superpuestas desarrolladas en “La virgen del baño turco”, de Sonia Chocrón, padecidas por un personaje desvencijado por la vida cotidiana estéril. En esta yuxtaposición el resultado obtenido, que no pierde de vista la fluidez narrativa, es una muestra hiperbolizada de tipos sociales, dentro de los cuales destaca la visión torcida de la mujer.

En la compleja relación del manejo de las voces narrativas y los desplazamientos temporales abruptos, se lleva a cabo la propuesta de Norberto José Olivar en “Monsieur Ismael” (dato curioso, este relato ya había sido publicado en libro en La ciudad y los herejes y otros textos, Universidad Católica Cecilio Acosta, Maracaibo, 2004; contraviniendo la condición inédita en libro que nos enuncia el prologuista). Esta interesante “investigación histórica” –como la denomina Olivar en el libro citado, p. 177– tiene como punto de giro recrear la vida de su personaje en un pasado verificable en fuentes documentales; el tratamiento estructural se distancia en mucho, y para bien de los logros notables de Olivar, al del discurso historicista.

Miguel Gomes, como ya es costumbre en sus cuentos, nos vuelve a relatar las peripecias existenciales de un hombre que vive, con voluntaria nostalgia, en los Estados Unidos. “El silencio de la noche” narra los devaneos de un cuarentón acicateado por los sueños de juventud resumidos en la imposibilidad de ser un artista. Todo un mundo de referencias culturales (cuadros, música, libros) que regresa a su memoria y se inserta en su vida como la prueba patente de su propio fracaso.

Sin duda, uno de los relatos más logrados de la colección es “Albóndiga en salsa” de Salvador Fleján. En una prosa rítmica, sin tropiezos –que le rinde tributo a la salsa y a sus cultores en una anécdota que no extravía el interés del lector–, Albóndiga, el narrador, nos entrega un resumen de su trayectoria musical por escenarios dispares y diferentes épocas, donde el humor, por momentos hilarante, se convierte en uno de sus mejores atributos.

La música es también uno de los intereses que desarrolla “La colmena”. Integrándose a la tradición de Ángel Gustavo Infante, José Roberto Duque (gran ausencia, ¿no les parece?) o al primer Méndez Guédez; el autor de este relato, Carlos Sandoval, ubica en un barrio caraqueño el edificio en el cual sus personajes, al ritmo de piezas de salsa, adosadas con béisbol, van sorteando la sorpresa y luego las dificultades que acarrea la muerte súbita de uno de los vecinos.

Una digresión: ¿cuál fue el criterio para escoger las composiciones de Armando Coll y de Carlos Sandoval, autores que hasta la fecha, y al contrario del resto de los antologados, no han publicado ningún libro de cuentos?

Un infierno chico es el que nos entrega Héctor Torres en “Dioses de breve estancia” (otro dato curioso, este cuento aparece en la compilación del premio SACVEN del año 2003. Si hubo excepciones al criterio de inéditos en libro, quizá hubiese sido más afortunado en algunos casos, y provechoso para los mismos autores, escoger cuentos de mejor factura, aunque estuviesen publicados), en una urbanización también de la capital, esta vez de clase media, donde el tiempo parece haberse detenido hace décadas y es posible contar “una crónica de costumbres”. En esta crónica, recurso propicio para cuentos de ambiente cerrado, se nos propone el humor que sostiene la latencia sexual de personajes que se inician y en otros que de manera definitiva, persuadidos por una precaria experiencia, abandonan expectativas en este sentido.

La narradora del cuento de María Celina Núñez, “Un grano de sal”, es llevada por sus atormentadas circunstancias al crimen. Allí, la noción de extrañamiento se articula en un logrado lenguaje de énfasis lírico (verbigracia: “Cuerpo contra cuerpo, pasábamos los días aferrados a unas crines poderosas”, p. 133; o bien: “el recuerdo había ido condensándose hasta volverse una delgada hoja de árbol seco. Una huella tan fina como el filo de un cuchillo en reposo”, p. 134). De esta manera, se nos introduce en la soledad y en el embotamiento existencial, con los cuales el personaje intenta dar explicación a sus actos.

La terapia regresiva le sirve a la protagonista del inverosímil “J'ai rendez-vous avec vous”, cuento de María Ángeles Octavio, para recobrar vidas esenciales traspasadas por el vigor del deseo y la inexactitud de extrañas consecuencias.

En “Un ataque de lentitud” también se trastoca la dimensión del tiempo para armar la historia. Juan Carlos Chirinos nos convence en su relato, mediante el recurso de la información apócrifa y el desarrollo de las pesquisas que nos entrega su narrador, de lo que podría ser un acertado homenaje a las “Las ruinas circulares” de Borges.

Desde la elección de mundos informes, traspasados por el desparpajo de la infancia en una estructura narrativa que alude a los sueños, hasta el punto de que la delgada línea entre éste y la vigilia se trastoca, se construye la impronta de Fátima Celis. Su cuento “Terreno”, concilia además los juegos macabros con los deseos prohibidos en un paisaje agreste con un lenguaje desbordante de lirismo.

Una historia hecha de acumulaciones descriptivas es el nudo que sustenta a “A las tres hermanas Lecuna” de Milagros Socorro, relato que resume las peripecias de la abismal caída en desgracia de una aristócrata familia.

La persistencia del rencor y sus consecuencias irreversibles es el motivo central de “Perorata del cornudo”, cuento de Luis Felipe Castillo. Una trama lineal, que recurre constantemente a evocaciones para mejor construir su desenlace abierto, tiene como voz a un narrador en primera persona, que no puede resarcirse de la feroz herida provocada por el engaño amoroso. Aunque la historia fluye sin mayores aspavientos, una prosa por momentos acartonada y con fallas desacredita los resultados formales propuestos. Sirvan de ejemplo: “La sorpresa y la rabia me nublaron la mente, entorpecieron mi accionar” (p. 110); así como: “mientras caminó hacia mí, hacia el estúpido ademán que le hacía con mi brazo” (p. 124, cursivas nuestras).

“Medea en Los Cayos”, de Roberto Echeto, es la historia de la certeza de un amor y del advenimiento de una tragedia. La tragedia griega, sus insólitos montajes en un pueblo perdido, son el correlato de la vida de la protagonista: una submarinista que sondea en las profundidades del mar como quien navega en la propia memoria.

Sobre la base de esta incursión temática por cada uno de los cuentos de la antología, declaramos que los cinco relatos mejor acabados (gracias al adecuado uso de los recursos ficcionales: lenguaje, estructura, atmósfera, puntos de vista) serían, siguiendo el orden del índice:

“Sobremesa”, Armando Coll

“El silencio de la noche”, Miguel Gomes

“Monsieur Ismael”, Norberto José Olivar

“Albóndiga en salsa”, Salvador Fleján

“Medea en Los Cayos”, Roberto Echeto


Y los cinco peores:

“Sobre el trampolín”, Karl Krispin

“Perorata del cornudo”, Luis Felipe Castillo

J'ai rendez-vous avec vous”, María Ángeles Octavio

“La oportunidad”, Luis Laya

“Historia de la puerta”, Armando Luigi Castañeda

Que la tradición, los dioses, algún lector insomne juzgue la calidad de los restantes diez trabajos.

4 comentarios:

las señoras cuarentonas dijo...

Bueno, ahora sí es verdad: a Los Perdomo también los coge Flejan.

Narciso Espejo dijo...

Los Perdomo son como las hermanas Lecuna de Socorro: esplendores perdidos. Esta resena esta mejor estructurada que las otras; procura articular argumentos y exponer puntos de vista pero termina listando los mejores y los peores.
Cuanto vale el show y Miss Venezuela no, no son catedras de teoria literaria. Tascon, el inefable Tascon, tampoco es un critico literario. Es, tan solo, un hacedor de listas. Tal vez sea uno de los Perdomo y Cia. Una cosa si es de agradecer: la falta de comentarios homofobicos.

GP dijo...

Qué curioso el notorio diminuendo de los comentarios, en tan sólo 3 posts, ¿no? ¡Ay, perdomeros! eso les vaticina unos cortos minutillos de fama.

Armando Luigi dijo...

bueno,es curioso esto de los blog, casi nunca los he leído, supongo que ahora, por narcisismo, siguiendo las teorías de la tía perdomo.
Bueno, el hecho es que veo algo que me, supongo, es la mayor virtud y el mayor defecto de estos espacios: la libertad absoluta. La virtud es obvia, el defecto, que hay quien los usa para insultar a propios y extraños, y eso parece ser una pérdida de tiempo, para todos, pero bueno, es el precio que cuesta disponer de otras lecturas más interesantes.
Da un poco de lástima para el que prepara el artículo en el blog, que normalmente se lo curra, con mayor o menor criterio, pero se lo trabaja.
En resumen, gracias por el esfuerzo de comentar con cierto detalle la antología que no es antología, según otros espacios de blog.
También quería decirte que, en lo que dices sobre mi texto, tienes razón: no es un cuento, es el primer capítulo de una novela que saldrá este año en México.
Ortega me pidió un cuento pero, como desde hace mucho tiempo no tengo nada que se adapte al género (tampoco al de la novela, en realidad, tengo problemas de adaptación generalizados), envié este capítulo con un error, el final real, de cuento, estaba en otro archivo. Pero da igual, es lo que me pasa, lo importante es que sea legible, que quien se lo pueda tragar quede más o menos agradecido del bocado.
Y hablando de bocados, gracias por la frase sobre la novela de la Crisis de la modernidad, yo pensaba que era indigerible (o sea, de estas cosas que no le gustarían a tu abuela), pero me ha dicho Israel Centeno, quien la editó, que se ha agotado (cada vez entiendo menos al mercado editorial, y aquí en España que no publican nada que tenga un mínimo olor extraño, nada que no sea perfectamente comprensible, por miedo a no "vender" lo necesario para hacer un buen negocio de la publicación).
Pues eso, gusto en conocerte, vía blog, aunque sea, y felicitaciones por tu trabajo

Armando Luigi