jueves, 17 de mayo de 2007

Cuento y costura


Los siete relatos que integran este primer libro de Leopoldo Tablante: Mujeres de armas temer (Comala.com, Caracas, 2005, 159 p.) constituyen una suerte de estudio narrativo sobre el comportamiento de ciertas mujeres de la clase media venezolana. Una especie de repertorio anecdótico en el cual los anhelos y prejuicios de varias divorciadas, tías, viudas, esposas, hijastras, primas, sobrinas… giran en torno de fútiles motivos o de inciertas búsquedas de trascendencia en un mundo regido por hombres. Tan aplastante es la regencia varonil que todos los puntos de vista del conjunto descansan en voces masculinas. Podría argüirse, con aparente lógica, que quien narra es un autor, no una autora. Es curioso, sin embargo, que tratándose de un volumen orgánicamente planeado (la mujer casi siempre ocupa el rol protagónico), no haya ningún cuento donde podamos escuchar, descontando los diálogos, el timbre bronco o melodioso de una fémina.

Por otra parte, el título resulta un tanto engañoso pues crea, nos parece, falsas expectativas. Como se sabe, la frase “de armas tomar” suele adosársele a quienes no tienen reparos para asumir, cuando las circunstancias lo exigen, un comportamiento feroz y hasta atrabiliario para defender una opinión, una finca o cualquier honra mancillada. Aquí, el autor cambia “tomar” por “temer”, generando la idea de que nos toparemos con unas ficciones en donde los personajes, es decir, las mujeres, disponen de una artillería, pesada o no, pero eficiente, que las coloca en una situación ventajosa respecto a los hombres. No obstante, ocurre lo contrario. Salvo “Los pies de Mariana”, “Los favores de Careto” y “Sentido del equilibrio” (este último, en verdad, por completo distinto al resto de las composiciones), todos los cuentos historian fracasos.

Así, “Por culpa de la tía Bea” relata el maridaje de una tía cuarentona y su sobrino político, un chico apático y sin metas (trabaja en un banco), residenciado en uno de los edificios de la urbanización Santa Paula, esa zona de clase media enriquecida, lo deja claro el texto, gracias a la díscola economía venezolana de los años setenta. Bea es una sobreviviente que intenta prolongar su frágil idilio hasta que descubre a Román (el sobrino convertido en amante) espiando las firmes voluptuosidades de su prima (la hija de Bea). La ficción amorosa se evapora precipitando de nuevo a la mujer en un cuerpo añoso y malbaratado.

Una historia común, como se ve, sin grandes pretensiones metafóricas ni formales, porque lo que parece interesarle a Tablante es mostrar el vacío de la burguesía caraqueña asentada por los lados de El Peñón, El Cafetal o La Trinidad. Más aún, los relatos pierden fuerza a consecuencia del énfasis que pone el autor en revelar las carencias intelectuales de esa clase y los fatuos valores que la sostienen. Sea conveniente advertir que no pretendemos descalificar las historias sencillas; cuestionamos, sí, cierta manera de contarlas o, más bien, el modo como Tablante las cuenta. Detallemos.

Para contar la derrota de la tía Bea no hacía falta, por ejemplo, incluir la historia de Pachano (ex-esposo de la protagonista), un largo inciso que atenúa la tensión narrativa. El único sentido de esta abundancia acaso se relacione con la necesidad de exponer algunos símbolos: Pachano solía viajar a Florida en el avión privado de un amigo cocainómano para comprar, como divertimento de fin de semana, “dos unidades del mismo producto” (62); o para bailar “disco music a ciento veinte pulsaciones por minuto” (63). En uno de esos viajes lo acompañó Bea, quien se embarazaría tonta, pero inevitablemente; un evento que sirve para introducir más signos: “El señor Domínguez [padre de Bea] pagó la fiesta. Botó la casa por la ventana: mandó a descorchar innumerables botellas de Möet Chandon Brut Imperial y otras muchas de Etiqueta Negra. Pagó también otra luna de miel en Miami, esta vez con hospedaje en el hotel Shellburn” (63). Resumamos: todo clase media consume drogas, bebe Etiqueta negra y Möet Chandon Brut Imperial, y hace del “ta’ barato, dame dos” su lema de triunfo. El clase media que describe Tablante, se entiende.

En el caso de las mujeres, el tratamiento no es menos duro. Refiriéndose a la misma Bea, explica el narrador: “La tía (…) pertenecía a la raza de gente que no se da cuenta de nada” (67); más adelante, remata: “consiguió pensar que pronto llegaría el día de su suerte. Mientras tanto, se empecinaba en creer que era una gran señora y que estaba lejos de ser una desposeída” (67).

La manía explicativa quizá sea el mayor vicio del libro; otros males menores, pero males al fin, serían ciertos descuidos de lenguaje y la prolongación innecesaria de los textos (efecto de la abundancia) más allá de sus naturales desenlaces. Es lo que se observa en “Los favores de Careto”, un texto interesante que se malogra debido a la puntillosidad por explicar pormenores que en nada contribuyen con la trama, pero sobre todo a causa de su telenovelesco final: la conversión en acupunturista de una joven libre (gracias al consciente disfrute de su cuerpo), quien de esta manera sucumbe, ya de adulta, al más chato convencionalismo. No obstante, “Los favores de Careto” reúne al menos dos méritos: captación del universo mental adolescente y solvente erotismo.

Abundan también las explicaciones, o historias laterales que desvían la atención, en “Las soledades de madame Kandú”; largo relato que cuenta los avatares de una divorciada quien achaca sus torpezas amorosas y, en general, el desastre en que se convierte gran parte de su vida a la falta de manifestaciones cariñosas de su castrante madre.

“Federal Esther” y “La temible profesora Federica de Rotta” le sirven a Tablante para insistir (como en “Por culpa de la tía Bea” y “Las soledades de madame Kandú”) en el tema del sometimiento de la mujeres a los dictámenes de otros. En “Federal…” a los designios de un comerciante, primero, y de un amante, después. En “La temible profesora…” a las exigencias de una amiga, la cual termina involucrándola en asuntos de gobierno. Estos dos trabajos tienen como trasfondo ciertos matices políticos. “Federal Esther” refleja la situación cubana, pues la protagonista viaja, por razones comerciales que luego se complementan con intereses amatorios, a la isla en la cual nació, pero de donde pudo salir para establecerse en Venezuela. Entre tanto, “La temible profesora Federica de Rotta” evidencia, un poco más directamente, nuestra situación actual: De Rotta llega a convertirse, por fuerza de las circunstancias, en asesora del “Ministerio de Asuntos Sociales”.

Comentario aparte merecen “Los pies de Mariana” y “Sentido del equilibrio”, composiciones que abren y cierran, respectivamente, el libro. Al contrario de los cinco trabajos restantes, aquí el narrador acorta la distancia de la tercera persona para convertirse en personaje protagónico. De manera pues que en “Los pies de Mariana”, como su título indica, los pies de una chica se convierten en motivo de obsesión para un joven. Un fetichismo a la inversa, digamos, que prometía un buceo psicológico que no cristaliza, pues el relato se orienta a mostrar las veleidades de una pareja de clase media (tema recurrente, ya sabemos) con final feliz. (Sea dicho de paso: ninguno de los cuentos de Mujeres de armas temer comporta la representación de una tragedia o siquiera de un melodrama; todas las historias se disuelven en la lasitud de imágenes bondadosas, caritativas o atravesadas por una sutil ironía). En este trabajo, como en casi todos, hay una necesidad de dejar claro que el horizonte mental de los personajes se talla mediante una nominación sui generis: “todo el mundo pensó en la modelo de ropa interior Calvin Klein” (11); “En sus pies, un par de zapatones Doctor Marteen’s” (13); “optó por comprarse un par de sandalias de cuero de marca Birkenstock” (16)”; “oloroso a nosotros y a Blu de Bulgari” (17).

Respecto a “Sentido del equilibrio”, es el único cuento que no relata la vida o circunstancia particular de una mujer. Se trata de la presentación monológica (al final: un brevísimo diálogo) de la teoría de un profesor universitario sobre el cuerpo de las jóvenes que fisgonea en el campus.

Todo primer libro es una apuesta. También es una aventura en la cual el principiante debe sortear difíciles obstáculos, sobre todo el relativo al uso de la lengua. En general, la escritura de Tablante resulta efectiva, aunque sin brillo plástico; sin embargo, a veces sus construcciones sintácticas fallan: “un estado no de sueño sino control de los impulsos” (15); “Se puso a trabajarse los músculos” (37); “Román parecía haber vivido muchas cosas, que hubiera visto mucho más allá de lo que se podía ver a sus años” (57); “Hizo todo lo posible por no romper en un grito, por no llorar amargamente que algo se le había perdido para siempre” (80); en fin.

Estos descuidos pueden achacarse, como es natural, a la falta de práctica en quien comienza. Lo mismo vale para los lugares comunes y para ciertas redundancias y obviedades que castigan, aquí y allá, los cuentos. No obstante, esta prosa directa y seca, sin malabarismos formales, promete mejores cosas. Eso esperamos.

5 comentarios:

Doctor dijo...

Saludos del Doctor, crítico insolente de Blogs. Visitenme o les criticaré, aunque tal vez, les critique igualmente... :)

http://elburladordemitos.blogspot.com

marianne dijo...

Perdomeros, están bajando bastante los comentarios, ¿no? Algo pasa...
Por cierto, qué irónico que no permitan comentarios anónimos en el blog, jajaja. Saludos.

Oliver dijo...

Lo que creo que pasa, Marianne, ya venía insinuado en los post anteriores: la gente, en realidad no lee. O no lee tanto como dice que lee.

La verdad, y en esto me incluyo, parece que sólo los perdomo han leído los cuentos de la Chocrón y de Tablante (esta última reseña me pareció un poco aburrida, por cierto)...

chokolatina dijo...

El fondo negro no permite leerte más frecuentemente. Ojalá, lo tomes en cuenta.

Santiago Acosta dijo...

Eso mismo te iba a decir, Perdomo. Es muy cansón leer letras blancas sobre fondo negro. No provoca leer completas las reseñas, por más que a uno le interese. Salud!