jueves, 31 de mayo de 2007

La lección poética de Ana Enriqueta Terán


El acercamiento inicial a Construcciones sobre basamentos de niebla (Monte Ávila, 2006, 58 p.) revela, ya de entrada, que allí lo primero es el oficio. El oficio suda por cada poro de estas páginas. Se trata de un aliento poético largamente sostenido del que son valiosa muestra Al norte de la sangre (1946), De bosque a bosque (1970) y el extraordinario Libro de los oficios (1975)[1], entre otros. Ejemplos todos magistrales y magisteriales del oficio poético. De cómo las búsquedas del lenguaje, puestas al servicio de la imagen que mira, lee y recrea el mundo pueden fundarlo de nuevo, redondo y perfecto, ante el ojo asombrado del lector.


Marca y signo de la buena poesía pudiese ser justamente ése: el asombro del lector ante el poema, el movimiento de alma que se ejecuta en quien vuelve a percibir (y en esa percepción descubre como por vez primera) a través del poema una flor, el canto de un pájaro, una gota de agua sobre el vidrio, un dolor o una ofensa.


Se asientan, pues, estas Construcciones sobre basamentos de niebla en el cuerpo del lector a través de los sentidos y, sería justo decirlo, a través de los sonidos que producen esos sentidos. Estamos, entonces, frente a la nuez de lo poético: sonido que provoca sentido (imágenes bien construidas). Sonido que viene del ritmo y de un lenguaje limpio y esencial, pero rico a su vez. Esencial en tanto renuncia a todo lo que pueda descalabrar la perfección del sonido, a interrumpir o desviar la fuerza del sentido (es evidente la supresión casi absoluta de los artículos y el privilegio de los infinitivos: estamos ante una lengua magníficamente desarticulada y que se afinca en una suerte de presente perpetuo). Esencial ya que se queda en la nuez del decir el mundo diciéndose, cosa que ya ha hecho Ana Enriqueta Terán en libros anteriores, y que han hecho, a su vez, con más o menos aciertos, tantos poetas. Y es que en el fondo, de eso se trata, quizás, lo poético: llegar al nudo de la imagen perfecta para, desde ella, volver a decir el mundo y en ese decirlo crearlo de nuevo, como si nunca antes hubiese existido. Y Ana Enriqueta Terán lo hace en su muy buen español. Un español al que parece devolverle, en cada nuevo poemario, sus cualidades de lengua mayor. Cualidades que en mucha literatura contemporánea parecen perdidas. Como en Alfonso Reyes, Jorge Luis Borges o Juan José Arreola, el trabajo de la lengua en la obra de Terán es impecable. Nos pone en contacto, una vez más, con un español sonoramente clásico, pero nunca oxidado, con una lengua más bien viva, plena de posibilidades y resonancias, una manera peculiar y perfecta de decir la cosa, de tal manera que la cosa dicha se convierta en cosa existente. Ya no palabras, cosa que respira, cosa que es. Así la clásica imagen de la rosa, que es el centro de al menos tres poemas en este libro y de tantos poemas en libros anteriores, o las aves, o la lluvia en “A poco llueve” (p.33). Puede que este poema ejemplifique a la perfección lo que intentamos subrayar. Esa entrada del lector en la asombrosa simbiosis entre el mundo real y el mundo escrito. Un poema que anuncia la lluvia, en la página, y parece terminar lloviendo, en la realidad maravillosa a la que el acto de lectura nos transporta. Una página que sugiere el cielo gris, al inicio, para empaparnos al cierre, en pleno aguacero: “Seguro lluvia, seguro huevecillos humeantes entre balbuceos de nido./ Follajes, seguro, bebiendo gotas de aire y luz./ Un lagarto recibirá otro brillo sobre su brillo./ Rebosará copa viva el lirio morado./ Yo gritaré en este mismo poema: LLUEVE, LLUEVE.”


El oficio también se nota, si revisamos la totalidad de la obra poética de Ana Enriqueta Terán, en la desenvuelta calidad con la que se expresa a través de odas o elegías, en la brillante utilización del verso libre o de formas fijas tan diversas como liras, sonetos y décimas, todas con una gran soltura. Pero he allí otra prueba del oficio: la labor de años en la práctica de la escritura es lo que permite esta perfecta representación de naturalidad ante algo en extremo elaborado y artificioso como lo es el hecho literario en sí mismo. A diferencia de tantos otros poetas a los que se les ven las costuras cuando intentan escribir un soneto, por elegir sólo una de estas formas poéticas, Ana Enriqueta Terán es fiel heredera de Góngora o Garcilaso, y da la talla en el manejo del soneto como tal vez muy pocos poetas venezolanos, quienes lo han intentado, hay que decirlo, en numerosas ocasiones. Sin embargo, la necesidad expresiva que impulsa Construcciones sobre basamentos de niebla apela al verso libre como mecanismo libertario de arquitectura poética. Y no hay que perder de vista esta idea, centro quizás de toda la poética de Ana Enriqueta Terán: el poema es justamente arquitectura, construcción sobre bases poco sólidas, neblinosas, acaso emocionales y espirituales. Pero siempre construcción (como bien lo recuerda un viejo poema de Chico Buarque y como lo supieron desde siempre todos los teóricos serios de la literatura), construcción desde y con el lenguaje.


Desde esa artificiosidad, que aparenta o deviene naturalidad necesaria o única manera de expresión posible para decir lo que del mundo quiere decir este libro, se construye todo el conjunto de poemas. Un rasgo curioso es que se evade, con frecuencia, el yo lírico como sujeto franco, desnudo y sin pudores, centro de casi toda la poesía. Los poemas se construyen desde una voz casi fría, desde una suerte de tercera persona que marca una aparente distancia con el lector y no le permite, de plano, ser el sujeto que vive directamente, por simple intercambio identitario, lo que expresa el poema. Y sin embargo el intercambio ocurre; el lector logra sortear –o se ve forzado, en la medida en que el texto lo obliga– esa traba y puede vivir en él o ella, como suyo, el poema.


La voz demuestra, también, experiencia y sabiduría. El oficio del poeta pone en escena, sin pudor, su edad y su cansancio: “Andadura sin línea recta es posible y cansa./ Cansan dados sobre tapetes deslucidos de tanta ofensa,/ de tanto abastecer signos a buena o mala fortuna,/ de tanto añadir blanco a espumas insomnes,/ a quedarse insegura en afilada contienda/ en paso divorciado de lo que afirma centro sin tener centro,/ sin tener ave para adivinaciones de trazo invisible./ (…)” (“Desencaje de paso y habla”, p. 3). Se acerca, así, con paso sutil y decidido, al momento final. Pero no se queja y eleva al cielo su voz, su decisión de permanencia hasta que llegue la noche de la vida, que es un morir por trozos: “Del lado de acá esperando./ Oyendo secreta música de vegetal también secreto./ Ojo lleno de malangas ante recuerdos del amigo./ (Peces recién abiertos garantizan continuidad.)/ Alguna armadura de viejo puente. Un puente./ He de cruzarlo en llamas. Arribar al otro lado./ PERMANECER.” (“Armadura de viejo puente”, p.6).


Otro detalle interesante lo ofrece la posibilidad que da Construcciones sobre basamentos de niebla de volver atrás y releer toda la obra de Ana Enriqueta. Hay guiños, algunos evidentes, otros no tanto, que hacen llamados a su propia obra anterior. Acaso se trate de un fenómeno inconsciente y Terán sea, sin saberlo, una de esas escritoras que están siempre escribiendo el mismo libro, hija de esa estirpe de poetas que no pueden arrancarse los viejos fantasmas y se pasan la vida y la obra, inevitablemente, merodeándolos o regodeándose en ellos, explorándolos hasta el último día de sus vidas. Así, el poema “Contar hasta tres” (p.14) tiende un puente con uno de los textos más conocidos de la poetisa y con uno de sus versos más recordados, que ha inspirado recientemente a un joven novelista venezolano para titular su último libro de ficción. Aquella poetisa que antes contaba hasta cien y se retiraba ahora es otra, experiencia mediante: “Contar no hasta cien. Contar hasta tres y no borrar la desolación./ Alcanzar planta venenosa/ y aún no dejarse/ ofrecer copa y señuelos dorados.”


La puntualidad y redondez de las imágenes, alucinadas, perfectas, estremecedoras –“Hicieron del halcón única seña en impávida altura” (p.2), “Hambre inmensa como bocanada de vacío” (p.5), “haciendas deslizantes a fuerza de palmeras que llegan al mar.” (p.15), “cielos castamente destruidos” (p. 23), “como desangre de sol sobre plantíos de girasoles reverentes y exactos.” (p.39), “Acogerse a silencios y mordeduras de vigilias” (p.43)–, el cuidado del lenguaje y la calidad de la construcción, el apelar a los sentidos del lector para entrar en su alma, y el partir, también, la escritura, desde lo que le permiten los sentidos –vista y tacto, esencialmente–, serían, en apresurada enumeración, algunas de las pequeñas maravillas de la lección poética que nos regala Ana Enriqueta Terán en este nuevo libro; eso que otro gran poeta nuestro, Ramón Palomares, define en el prólogo a Construcciones sobre basamentos de niebla como “un trazado limpio y honesto, hermoso hasta lo sublime: la belleza en instantes supremos.” (p.IX).


[1] Seguimos las fechas propuestas en Casa de hablas (Monte Ávila, 1991), excelente antología al cuidado de José Napoleón Oropeza, y no las que sugiere la menos lograda Antología poética (Monte Ávila, 2005), al cuidado de Enrique Mujica y/o Enrique Hernández de Jesús.

6 comentarios:

Artificio dijo...

Parece que este libro no tiene desperdicio. Lo hojearé en alguna librería a ver si es verdad. Y es que tengo cierta urticaria con la poesía venezolana, o mejor dicho, con los poetas, que son muchísimos y malísimos, se salvan muy pocos.
Ahora sobre esta crítica, me gusta que le guste el libro, aunque sobra el inventario de imágenes y algunas frases que parecieran estar contagiadas del estilo de la autora.

Son Fantasma dijo...

El libro incluye la oda a Chávez? Entonces sería una pieza de colección...

El castor dijo...

Me sorprende gratamente ver en Los Perdomo una reseña del libro de Ana Enriqueta Terán, quien desde hace tantos años es una gran maestra del arte de hacer poesía. Aclaro que no comparto su posición política, su apoyo al gobierno; pero si bien un Borges o un Heidegger (por mencionar algunos) también apoyaron regímenes políticos terribles, no por ello nadie les resto nunca genialidad.

Confieso que no había vuelto por esta página porque pensaba que, más que tratar de literatura, se conformaba con ser un espacio político mal disfrazado. Lo digo por aquella primera infeliz reseña sobre el mediocre libro de Bujanda (al que se le puede dar palo por todos lados) en la que Los Perdomo por encima de destacar todos los defectos literarios preferían criticar el hecho de que representaba "la novela de la abstención" sin justificar nunca porque eso estaría mal. Empezaron pareciéndome moralistas mal heridos. Pero junto con esta reseña (y unas 3 más) han dado buenos visos que revelan su formación de críticos. Y eso, hay que decirlo.

Por esa primera impresión, repito, me sorprende gratamente ver que lo que importa aquí es la literatura, y muestra de ello es que a Los Perdomo no les tembló el pulso de publicar -precisamente esta semana- una reseña de una escritora que ve favorablemente este nefasto proceso político.

Esta mujer que sigo y admiro desde hace tantos años, merece ser reivindicada en un escenario en el que sólo se reconoce al muy mediano Montejo como el emblema de la poesía venezolana, sólo porque fue citado en una defectuosa película.

También debo decir que nunca pensé en publicar un comentario aquí, pero me indigna ver como gran parte de los inconvenientes para el desarrollo del pensamiento en nuestro país residen, sin duda alguna, en que hay que calarse los comentarios idiotas de quienes no saben distinguir la obra de los compromisos políticos de sus autores. Me refiero, a lo dicho por "Son fantasma" sobre Ana Enriqueta Terán, que sólo revela ignorancia y mala fe.

Por eso avalo su esfuerzo Señores y/o señoras Perdomo, y valoro sus ganas de no empaparse de un color político (lo cual no significa que no deban tener una posición política) para rescatar por encima de todo el oficio que nos alimenta y ocupa; la literatura.

GP dijo...

Estimado "Artificio", no podría estar más en desacuerdo con usted. ¿La poesía venezolana malísima? Si es uno de los géneros más y mejor cultivados en Venezuela, creo yo. Y se me ocurren unos cuantos autores, que ciertamente ni son "muy pocos", ni "se salvan", pues hasta renombre internacional tienen o han tenido.

Mi opinión, en fin. Esta reseña me ha dado apetito para este libro. Promete. El que sea o no Chavista la autora no creo que sea un argumento que venga a colación, creo yo.

barb michelen dijo...
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bernard n. shull dijo...
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