jueves, 3 de mayo de 2007

Las enfermedades de la novela venezolana


Desde el día en que se anunció que La enfermedad (Anagrama, 2006, 170 p.) de Alberto Barrera Tyszka había ganado el XXIV Premio Herralde de Novela, a los venezolanos se nos talló en el rostro una sonrisa estúpida, similar a la que surge en las facciones de quien está recién enamorado. La sonrisa, naturalmente, tenía buenas razones para estar ahí: una muestra de la literatura venezolana, tan largamente desprestigiada, tan intermitentemente vilipendiada, llegaba a un punto de altura, otra vez, bastante honorable. Una novela nuestra, de nuevo y después de tanto, volvía a ponernos en el ojo del huracán literario mundial. Esto, que no sucede con frecuencia, llena de esperanzas a quienes se dedican a un oficio muy mal pagado, al menos en nuestro país: la escritura.

Se cuentan con los dedos de las dos manos las ocasiones en que nuestra literatura ha tomado un vuelo similar. Adriano González León, Alfredo Silva Estrada, Arturo Uslar Pietri, Rafael Cadenas, Eugenio Montejo, Luis Alberto Crespo y Oscar Marcano son algunos de los autores que en las últimas décadas han traído al ruedo nacional reconocimientos internacionales tan esperanzadores como el Herralde. Pero ya en esta breve lista, el lector se habrá dado cuenta de que la sonrisa estúpida no siempre es justa, atinada, bien merecida. Muchas veces uno se enamora de la persona equivocada, ¿no? El premio Rómulo Gallegos que recibió La visita en el tiempo (1990), por ejemplo, levantó largas y profundas suspicacias. No se trata de que quienes escribimos estas líneas tengamos algo en contra de Uslar Pietri, es sólo que la novela (y esa novela en particular) no constituye lo mejor de su producción. Sus cuentos, acaso parte de su teatro y algunos de sus ensayos superan con creces obras como La visita en el tiempo o Las lanzas coloradas (1931). Pero curiosamente son ésas las obras de Uslar que la crítica o los jurados de premios literarios han decidido institucionalizar como ejemplares. Sin embargo, esta reseña no trata sobre la enfermedad de la crítica pro-uslariana, sino de otras enfermedades.

Todos los venezolanos, veníamos diciendo, teníamos en la cara una enorme y estúpida sonrisa por el Herralde, un premio que antes ya han ganado autores de la talla de Sergio Pitol, Roberto Bolaño o Alan Pauls. Y, claro, para que no nos pasara lo que nos pasó con Uslar, decidimos ir bien pronto a leer la novela; había que confirmar la sonrisa, suavizar lo definitivo de sus ángulos o simplemente anularla, olvidarla y pasar a otro asunto.

La enfermedad es una buena novela. No será un proyecto narrativo muy ambicioso y cuidado, pero cuenta una historia más o menos sólida, se deja leer con fluidez y se podría decir que atrapa al lector y lo lleva, sin mayores aspavientos, en línea recta y sin muchos desvíos, hasta el final. El talento de hilvanar historias simples quizás le viene a Barrera Tyszka de su trabajo televisivo. Y la escritura, a veces, alcanza notables aciertos. Aunque no siempre hay una intención estética profunda, no hay un tratamiento especial del lenguaje, no se está luchando por y para la belleza de las frases, se nos cuenta una doble historia, con sus múltiples vicisitudes, y se lleva de manera consecuente y lógica hacia su cierre.

La primera historia es la que constituye el centro de la novela y la que ata afectuosamente al lector con ésta. Javier Miranda tiene cáncer y morirá. Su hijo, Andrés, que es médico, debe lidiar con ese trabajo: decirle a su padre la verdad, hacerle más llevaderos sus últimos días, no permitir que todo, de repente, se derrumbe para su padre, para él mismo y para quienes lo rodean. La novela parte, entonces, de un viejo axioma que en Occidente es muestra de la milenaria sabiduría popular: “En casa de herrero, cuchillo de palo”. Andrés lleva años lidiando con la muerte de los demás. De eso se trata su profesión: intentar curar enfermedades o hacer menos duros, medicación y psicología mediante, los últimos días de quienes padecen enfermedades incurables. Pero cuando la enfermedad y la muerte tocan la puerta de su propia familia todo es muy distinto. Lo que antes era un oficio fácil y mecánico del día a día se convierte de pronto en una empresa heroica. Es ésta la historia que rápidamente se gana al lector. Todos hemos pasado por una situación similar: alguien cercano se enferma, alguien va a morir, y ese tránsito cambia indefectiblemente la vida de cualquiera. Se puede decir que es, casi, un tópico literario. Y que puede llegar a ser profundamente lacrimógeno (uno piensa en Paula, esa nefasta novela de la señora Allende publicada en 1994) o estar mejor trabajado y no construido de manera deliberada para provocar el llanto fácil, el hondo nudo en la garganta. Ésta es una cosa que se le agradece a Barrera Tyszka.

La segunda historia, menos natural y verosímil, más truculenta, definitivamente menos eficaz, tiene que ver con Karina, la secretaria de Andrés Miranda, y su comportamiento frente a un paciente problemático, probablemente hipocondríaco, a quien el doctor Miranda no quiere seguir tratando. Karina usurpa la identidad de su jefe y comienza una relación epistolar con el paciente que tendrá un curioso desenlace. Es nuestro deber decir, también, que en ocasiones los diálogos de Karina con otra secretaria de la clínica, Adelaida, resultan artificiosos. Tanto como algunos comentarios del narrador, que cita a diestra y siniestra varios autores en medio de sus reflexiones.

Tenemos, pues, un par de historias bastante simples y bien tramadas. Se nos echa un cuento y queremos oírlo hasta el final. Allí el mérito fundamental de La enfermedad: un mérito, si pensamos en frío, nada excepcional. Un mérito que tantas otras novelas –venezolanas o no– han tenido, tienen y seguirán teniendo. Pero ¿radica allí, en esencia, la fuerza de la literatura? ¿Qué pasa con todo el problema del tratamiento del lenguaje? ¿No radica la especificidad de lo literario, también y sobre todo, en las formas?

Rafael Cadenas decía alguna vez que más que un degustador de poemas, lo era de versos. Podría leerse así La enfermedad. No es una grandiosa y genial novela, pero tiene buenos momentos, escenas bien logradas. Así, todo el final de la primera parte está muy bien construido: desde que Andrés Miranda sube al Ávila en el teleférico y recuerda momentos de su infancia y adolescencia (la muerte de la madre, el primer viaje a Margarita y el encuentro con el ahogado en la playa –tal vez la parte mejor escrita de la novela–) hasta que efectivamente regresa con su padre enfermo a la isla, en la que pasan varios días juntos y Andrés vive la tensión de ocultarle la verdad a éste para terminar, ya de vuelta y en el momento menos apropiado, revelándole la verdad.

Lo mismo sucede con el principio de la segunda parte: los primeros días del cambio de vida una vez que se sabe la verdad. La novela avanza con bastante agilidad y soltura más o menos hasta la escena en que el viejo Miranda hace el pacto con Merny, la señora que limpia su casa: él le pagará a ella y su hijo un viaje a Mérida si Merny se hace la vista gorda de la insípida dieta que los médicos (y entre ellos Andrés) le han impuesto. El centro de la novela es, pues, un buen ejemplo de narración efectiva y bien tejida. Lo son un poco menos el principio y el cierre, más descuidados en la escritura y en la resolución de las historias secundarias, como la de Inés Pacheco, un supuesto amor del viejo Miranda del que no llegamos a saber, nunca, gran cosa.

Allí se pueden notar algunos de los síntomas de una de las enfermedades que padece, desde hace algún tiempo, la narrativa venezolana: la falta de corrección. Nos cuesta entender por qué los escritores no dedican más tiempo a la pulitura de sus obras. En sus manos está dejar un legado perfecto o flojear y entregar a imprenta un texto no suficientemente limpio y cuidado. Se trata, a veces, de frases hechas y lugares comunes que se repiten, de cosas que no están bien construidas, de escenas que no se explotan lo suficiente y de golpe se acaban: “­–Tienes cáncer, papá –dice Andrés, de pronto. En voz baja. Porque hay cosas que sólo pueden decirse en voz baja.” (98). Así reza el cierre de la primera parte (que con excepción de esto iba muy bien) y sabemos, quienes leímos La enfermedad, que ése es uno de los grandes momentos de la novela. Algo similar sucede con las líneas finales del libro, que no citaremos para no hacerle una trastada a quien aún no lo ha leído. ¿No debió esforzarse un poco más el autor? ¿No debió apelar a otro recurso distinto al fácil mecanismo de soltar una frase hecha como ésa?

Por otro lado, la novela está plagada de repeticiones excesivas que no producen ningún suspenso o reafirmación del dolor o la alegría o lo que sea, sino que, antes bien, se convierten en un recurso mecánico y, a la larga, aburrido. Como si escribir en clave literaria se tratara, a veces, de repetir cosas de distintas maneras. Veamos algunos ejemplos: “metido dentro de una piel que no gobierna, que ya no dialoga con él, que tiene otro gobierno, que no le responde” (106); “Él era de ese grupo, de esa liga” (110); “Lo que sigue es un silencio. Porque Andrés no sabe muy bien cómo continuar. Se le ha acabado el guión, se encuentra de pronto sin saber qué decir” (129); “Le tiembla el párpado izquierdo. Como si tuviera vida propia. Como si fuera independiente.” (131); “apoya la rodilla en el suelo y se da seguridad, se mantiene más firme, refuerza su equilibrio.” (132); “La lámina azulada deja ver las manchas con una precisión que ahora le resulta insoportable. El misterio siempre logra que la muerte sea un poco más soportable. Tanta puntualidad científica es intolerable.” (133) (las cursivas son nuestras). Frases como éstas dan la impresión de estar escritas para un lector idiota al que hay que aclararle todo una y otra vez. En la repetición está el secreto del entendimiento, parece ser el credo del narrador. Y es lamentable que en una buena novela uno se encuentre con estas cosas, porque estamos seguros de que con un par de leídas correctivas extra estos desatinos hubiesen podido repararse.

Hay quienes acusan a La enfermedad de ser una novela fácil, de no constituir un proyecto narrativo de mayor alcance, más rico y complejo. Y esto es cierto. Se trata de una narración simple y sintética, las dos historias son bastante lineales, no hay grandes búsquedas formales o estructurales, su brevedad es evidente. Suponemos que Barrera Tyszka no se proponía otra cosa. Sin embargo, la enfermedad de La enfermedad no está allí, sino en las cosas que ya hemos apuntado.

Bolaño, en una escena memorable de 2666 (2004), pone sobre el tapete la queja en torno a este fenómeno de la brevedad fácil que parece a la orden del día en todo el orbe. Apunta allí que ya los lectores (y los escritores, se entiende) no “se atreven con las grandes obras, imperfectas, torrenciales, las que abren caminos en lo desconocido” (289). Que la gente prefiere La metamorfosis a El proceso, Bartleby a Moby Dick. Ciertamente La enfermedad no es una obra torrencial. Y aunque la queja de Bolaño sea tan pertinente y acertada, sabemos que una pequeña obra, si está bien construida, si está escrita con cuerpo y alma, con oficio e imaginación, puede ser tan memorable como las Moby Dick o los 2666 de la historia de la literatura. Suponemos que Barrera Tyszka también lo sabe, y por eso nos apena sobremanera que no haya trabajado más La enfermedad. La madera de narrador la tiene, tiene el oficio y la imaginación, pero descuidó los pequeños detalles, que al final son parte importantísima del todo.

La enfermedad –en la estela del fenómeno Herralde– ha propiciado que la literatura venezolana sea revisitada en otros espacios del mundo, allende nuestro país. Ha contribuido también para que los lectores venezolanos se decidan a empezar a leer lo que se hace en casa y no sólo lo foráneo. Además, hay que decirlo, ha ayudado a que muchos empiecen a conocer a un autor como Barrera Tyszka, quien tiene años escribiendo y publicando literatura. Más allá de su producción periodística y de su participación como guionista de telenovelas, son pocos los venezolanos que han leído sus poemarios, el libro de ficciones breves Edición de lujo (1990) o su primera novela También el corazón es un descuido (2001). Y se trata de libros que tienen, como La enfermedad, algunos méritos. Pero sobre todas las cosas La enfermedad debe servir para alertarnos, para mostrar que si bien la novela venezolana goza de cierta salud, se repiten en una parte de la producción narrativa reciente algunos vicios que podrían, sin los cuidados de rigor, terminar enfermando quién sabe con cuánta gravedad nuestra literatura presente y futura. Conservaremos la sonrisa, sí, pero no una sonrisa estúpida, sino una sonrisa de alerta.

18 comentarios:

tadzio2666 dijo...

Ajá, si lo hace Barre Tyszka es chimbo, pero si son Bolaño o Pauls los que escriben miles de páginas llenas de ripios y tonterías, de trampas y mediocridades vale, porque como no son venezolanos, algo bueno tiene n que decir. ¿Hasta dónde pued ellegar la mezquindad, la envidia y el malinchismo de los perdomo? Coño, está bien que critiquen, pero criticar una novela porque es clara y sencilla y de esa manera gana premios y encima poner como ejemplo lo que dice el imbécil de Bolaño, que sólo escribía largas y aburridas novelas, es como demasiado malinchismo, ¿no?

maldoror dijo...

No he leído La Enfermedad, así que nada puedo opinar, pero sí he leído a Bolaño y me parece creador de bostezos y cursilerías. ¿Hay algo más tonto que el planteamiento de su novela Estrella Distante? ¿Qué opinar de Los Detectives Salvajes? Acepto que los ejemplos que se extraen del texto de Barrera Tyszka son particularmente claro, tal vez hubo necesidad de corrección, pero creo que no hay texto que agrade a todos o que sea perfecto en sí mismo. Mis felicitaciones a Barrera, pronto he de comprar su novela

Oliver dijo...

Típica vaina del venezolano: puede no saber un coño de lo que habla pero ni de vaina se queda callado. ¿Se puede saber, Maldoror, por qué sales a defender un libro que no has leído?

Hablas peste de Bolaño y con unos criterios que me hacen dudarlo mucho. ¿Estrella distante un libro cursi? Viejo, o tú te las das de Darth Vader o simplemente eres de derecha.

Pero bueno...lo cierto es que nadie comenta nada de los libros leídos...se quedan en el aparato..por qué no comentamos las reseñas y los libros? A mí, La enfermedad, me gustó...con todo lo simple y llano que digan los perdomo. tiene momentos muy conmovedores y bien escritos...ahora, con esta reseña, me queda la duda de si el libro aguanta una segunda lectura o el paso de unos años...eso es algo que hay que considerar...es un destino al cual se tienen que enfrentar todos los libros..no?

Son Fantasma dijo...

¡Qué audaces Taczio y Maldoror! Qué Bolaño sea un escritor cursi es un comentario inédito. Desarrolle la idea, bachiller.

Oliver dijo...
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las señoras cuarentonas dijo...
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tadzio2666 dijo...

Roberto Bolaño nuestro que estás en los cielos/ santificada sea Anagrama/vengan a nos tus libros/
y léase 2666/así en Caracas como en Miami/
perdona a los mediocres escritores venezolanos/así como nosotros perdonamos a los bolivianos/no nos dejes ser como los cubanos/y líbranos de Bush/pues tuyo es el Rómulo Gallegos, el Anagrama y la Gloria/por los libros de los libros/Amén.

Son Fantasma dijo...

666?

Son Fantasma dijo...

Cuando leas La Enfermedad, hermoso Tadzio, déjanos saber tus pareceres.
Esta reseña es particularmente buena. No solo contextualiza la novela de Barrera, sino que señala lo más destacado en ella y lo menos logrado. Sin denigrar del libro, invita a leerlo con mucha atención.

Luis Yslas dijo...

A. Perdomo C.A.:

El diagnóstico que hacen de "La enfermedad" de Barerra Tyszka me parece no sólo desapasionado, sino además, muy bien argumentado. Rescata los aspectos valiosos (literariamente hablando) de la novela, sin omitir las debilidades, los descuidos evidentes tanto en el estilo como en la trama. Admito que yo fui uno de los que corrió a comprarla apenas me enteré del premio, quizás con una sonrisa más de aprecio que de estupidez, pues Barrera es uno de los escritores que más respeto en este país. Pero es cierto también que la novela me gustó, pero no me deslumbró. (A mi entender, la gran fragilidad del libro es esa historia paralela del enfermo imaginario, así como algunos lugares comunes que pudieron haberse evitado, como ustedes mismos destacan en el comentario).

Por otra parte, pienso que una de las tantas desventajas de los premios es ésa: generar un contexto de expectativas en torno a la lectura del libro galardonado. Ese es un prejuicio que muchas veces se traduce en un silencio cómplice, o peor aún, en un elogio falso, amiguero o patriotero. Ninguna de esas bajezas se evidencian en su crítica, por lo que me tomaré la libertad de recomendarla en la página de ReLectura, en la cual trabajo, y en cuya sección de equipos virtuales me toca coordinar, precisamente, la discusión sobre la novela de Barrera.


Luis Yslas.

gisela kozak dijo...

Felicito a los Perdomo por su crìtica ajustada y equilibrada. Respeto y aprecio mucho a Alberto Barrera por sus posiciones polìticas, por su labor de cronista y por sus cuentos, y reconozco, al igual que Luis Yslas, que tenìa altas expectativas respecto a la novela. Inevitablemente los premios las crean y, en este caso, se trata de un escritor conocido en el paìs y amigo de mucha gente. Me alegra que Alberto Barrera se haya ganado el premio porque le abre perspectivas internacionales a la literatura venezolana, màs allà de cualquier evaluaciòn sobre la novela. En relaciòn a èsta comparto la posiciòn de los Perdomo y la de Luis Yslas en Relectura. Creo, màs allà de la novela misma, que serìa interesante abrir una discusiòn sobre el tipo de proyecto narrativo que està captando la atenciòn de lectores, premios, editoriales e, incluso, escuelas de Letras. Es acertado señalar que la balanza pareciera inclinarse por textos bien resueltos y correctamente escritos pero sin las ambiciones estèticas a las que alude Roberto Bolaños. Como lectora me inclino por las novelas con propuestas narrativas complejas, pero como profesora de teorìa literaria y de literatura latinoamericana y venezolana estoy obligada a ser ponderada. Siempre tengo que insistirle a mis estudiantes respecto a que tener inclinaciones personales en el campo literario es absolutamente vàlido, pero no significa que le restemos legitimidad a otros tipos de escritura. Ejemplifico: prefiero, hablando de literatura venezolana de la ùltima dècada, Falke, de Federico Vegas, LLuvia, de Victoria de Stèfano, El diario ìntimo de Francisca Malabar, El round del olvido, de Eduardo Liendo, No escuches su canciòn de trueno, de Josè Roberto Duque, o Los ùltimos espectadores del acorazado Potemkim, de Ana Teresa Torres, a la Enfermedad (sin negarle a èsta sus mèritos de escritura y el limpio trazo de los personajes) pero es evidente que las bùsquedas literarias apuntan tambièn a otros derroteros. O por lo menos esto es lo que evidencian el premio Herralde de Barrera o el de la Bienal Adriano Gonzàlez Leòn respecto a La ùltima vez, de Hèctor Bujanda. Esperemos unos años, como dijo uno de los participantes del foro.
Gisela Kozak

gisela kozak dijo...

Creo que habrìa que agregar lo que considero uno de los màs altos mèritos de La enfermedad: es una novela venezolana, de un venezolano muy interesado en lo que ocurre en Venezuela, pero que se da el lujo de escribir una novela sobre el mundo privado y la muerte, en un paìs donde la tradiciòn de la novela històrica o de la novela interesada en develar el sentido de la vida social venezolana ha predominado, con magnìficos resultados en unos cuantos casos o con menos lucimiento en otros.
Gisela Kozak

Santiago Acosta dijo...
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Leopoldo dijo...
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Leopoldo dijo...
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Leopoldo dijo...
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Fedosy dijo...

Queridos amigos:

Sólo para aclarar. No soy Tadzio2666. Yo firmo con mi nombre a donde vaya.

Salud

Asarose dijo...

Estoy de acuerdo con Sonfantasma y Gisela Kozak, la aproximacion critica a La Enfermedad de A. Perdonomo C.A es bastante seria e invita a un debate mas alla de los bostezos e insultos personales. El problema de discutir un texto literario en funcion de su circulacion y economia es el tipo de discurso que coloca e inscribe en el campo de insterpretacion. Seria interesante comparar la novela de Barrera Tyzska con la novela de Joan Didion sobre la perdida. Buscare esta referencia y tal vez mas adelante la "postee" aqui.