jueves, 10 de mayo de 2007

Las falsas apariencias de Sonia Chocrón


En la solapa del libro Falsas apariencias (Alfaguara, 2004, 100 p.), de Sonia Chocrón, se nos informa que su autora es periodista, poeta, narradora y guionista de cine y televisión. Muchas veces estas enumeraciones no pasan de ser una supuesta versatilidad creativa que nunca se comprueba. Un manto de virtudes que se usa para tapar el vacío: decir que una persona hace y escribe de todo es, frecuentemente, una forma de decir que no hace ni escribe nada.

Este, por supuesto, no es el caso de Sonia Chocrón. La calidad de su trabajo poético se ha mantenido a lo largo del tiempo, como lo reflejan los libros Toledana (1992), Púrpura (1998) y La buena hora (2002). Y ha obtenido por ello importantes reconocimientos, como el Premio Fundarte de Poesía, en el año 1991, y el de la Bienal José Rafael Pocaterra, en el año 1996. En cuanto a su condición de guionista de cine tampoco queda la menor duda pues se nos informa, en la misma solapa, que Chocrón es autora del guión de la película Garimpeiros que fue “prenominada” en el año 2001 para los Premios Oscar como Mejor Película Extranjera. Algo así como el equivalente cinematográfico de la Vinotinto que “casi” clasifica al Mundial de fútbol. De igual forma, su condición de periodista queda refrendada por su título en Comunicación Social, tal y como se apunta en la ficha bio-bibliográfica de Chocrón en el libro, ya reseñado en este blog, Las voces secretas (Alfaguara, 2006).

Del único de los epítetos del que dudamos seriamente, del que no nos han convencido en absoluto, es el de narradora. Esto a pesar de que la editorial Alfaguara le ha ratificado esta condición en un par de oportunidades incluyéndola, individual y colectivamente, en dos libros de su catálogo. Esto a pesar de que el relato “La señora Hyde” haya obtenido en el año 2000 la única mención del 55 Concurso Anual de Cuentos del diario El Nacional (un “casi” narrativo que prefiguraba el “casi” cinematográfico). El objetivo de esta nota es argumentar las razones de nuestra duda feroz.

Falsas apariencias está conformado por ocho cuentos de mediana extensión. El más corto (“Un nombre por otro”) alcanza las cuatro páginas y el más largo (“Carta de despedida”) llega a catorce. La diferencia entre estos extremos sólo es cuantitativa, pues la mayoría de las historias narradas son simples y se apoyan en un lenguaje poético que tiende, casi siempre, a la claridad y a la fluidez. Asimismo, la orientación general de las anécdotas, ese imán “tanático” que conduce a sus personajes con previsible insistencia a la muerte (propia o ajena), hace de la trama un remanso familiar que el lector recorre sin grandes sobresaltos.

Quizás por apartarse completamente de esta concepción mecánica e ingenua del cuento (donde siempre tiene que pasar algo y ese algo siempre es la muerte), destaque el relato “La señora Hyde”, que abre el volumen y que es, sin ninguna duda, el más complejo y el mejor logrado del conjunto. La historia fluye desde una narradora (o un narrador) en primera persona que centraliza en la potencialidad de su lenguaje, en la sensualidad con que escoge y pronuncia las palabras, las tensiones de lo que está sucediendo con su propio cuerpo. El viejo tema del doble o, más precisamente, el de la experiencia del desdoblamiento, es tratado con gran eficacia en esta historia mediante el diálogo que establece la (o el) protagonista con su cuerpo. “Una se mira en el espejo y sabe que algo está cambiando. Genéticamente. Por ejemplo un rasgo en el rostro, el color del cabello. Los pechos. Todos los detalles revelan el fin de mi vida anterior” (13), dice la narradora en la primera línea del cuento. Luego esta feminidad exultante adquiere una dimensión activa y lleva a la mujer, de la cual no se puede decir que sea, en sentido estricto, una prostituta, a recorrer las calles para saciar su apetito sexual. El deseo es la primera muestra de alteración de su individualidad ya que la conecta con su esencia primitiva y animal. “Un pene enorme e infinito”, dice la narradora en pleno trance de mutar, “Un capullo joven debe pertenecerme. Quiero probar todo lo que ha sido creado para mí. Me perfumo, es el único subterfugio que tengo para despistar. Soy un animal, pero no quiero tener el aroma de un animal. ¿A qué huelen las zorras?

Estoy lista, soy la señora Hyde”. (15)

Una vez consumado el cambio, el lector queda atrapado por la efectividad del lenguaje, que, al mimetizarse con el aliento misterioso que caracteriza a la novela de Stevenson (modelo temático del cuento), se convierte en la verdadera instancia donde se dan todas las transformaciones. Sólo al final, en el clímax o precoito de la última escena, se resuelve sorpresivamente, en el mentado cuerpo del (o de la) protagonista la tensa dualidad que se nos viene narrando, con mano firme, desde un principio.

Este primer bocado narrativo hace paladear al lector con sólo imaginar los que vendrán. Hace suponer que estamos apenas en las puertas de lo que puede ser un gran libro de cuentos. Sin embargo, esa impresión es una más de las “falsas apariencias” que acuna el volumen de Chocrón. Después de este prometedor comienzo el libro se transforma en una escalera en descenso, donde la calidad de las historias y de la escritura no hace sino bajar progresivamente.

“Carta de despedida” abre la inverosímil senda de la fatalidad por la cual se despeñan la mayoría de estos cuentos. Una arista autobiográfica resalta en el formato epistolar que asume el relato desde la primera línea, pues se trata de una supuesta carta que una estudiante de cine le escribe a su maestro y mentor, Gabriel García Márquez. En la útil solapa del libro encontramos la explicación a la familiaridad que destila el tono de este relato. En 1988, Sonia Chocrón fue invitada por García Márquez para trabajar y ayudar a fundar en México el Escritorio Cinematográfico ideado por el Premio Nobel colombiano. Aparte de lo real maravilloso que pudo resultar esta experiencia para la autora, cuyo entusiasmo se puede casi tocar en los párrafos iniciales de la “carta”, la estructura narrativa es poco creíble, insostenible y absurda. Da pena imaginarse a García Márquez (así sea el de esta ficción) leyendo la lamentable carta de una de sus acólitas que ha decidido transformar una frase suya soltada al aire, “El amor es un talento” (27), en una lección de vida. La vida caricaturesca de esta mujer que se va a vivir a España, que conoce a un hombre gris y aburrido con el que inicia un concubinato, que ve alterada su incipiente cotidianidad por una Boa que Warren, su pareja, ha traído a vivir con ellos, y que decide suicidarse después de experimentar el fracaso en el amor cuando, con toda razón, Warren opta por botarla de su casa al enterarse de que ella ha matado y cocinado a la serpiente para la cena (¿?).

No obstante, es en el siguiente relato, “Señas particulares”, donde se percibe narrativamente el malogrado influjo de García Márquez en la autora. Esta historia es una versión disminuida de Del amor y otros demonios (1994), donde la exhumación de un cadáver se transforma en la obsesión de un investigador por reconstruir esa vida que ya ha desfallecido. Si en el caso anterior una sentencia de García Márquez había desencadenado la trama, en éste las sentencias serán de propio cuño y coagularán, paso a paso, las grandes verdades sobre la vida, el amor y la muerte que recoge este cuento. Para muestra, los siguientes y preclaros ejemplos: “Algunas veces el olvido hace al miedo” (44); “La belleza asusta” (47); “La nobleza a veces es anónima” (49). Toda una sabiduría que tiene, sin embargo, su punto de inflexión en esta “dramática” pregunta que se hace la voz narradora “¿Puede la belleza parecerse a la muerte?” (51).

El relato que la da nombre al libro, “Falsas apariencias”, es, simplemente, una calamidad. No sólo porque se narre la traumática experiencia de un asalto bancario, lleno de muerte y violencia, sino porque la verosimilitud, el trabajo minucioso sobre el lenguaje, el verdadero manejo del diálogo y la oralidad de los distintos sujetos sociales que allí confluyen, parecen haber sido parte del botín con que cargaron los ladrones. Quizás haya que destacar el inteligente mecanismo que impulsa la historia: diferentes testigos del robo responden mentalmente a las preguntas de los oficiales, abriendo a sí mismos, en una suerte de confesión, la puerta de sus vidas interiores, todo un mundo de conflictos y pesares que son soterrados por las apariencias. La efectividad de este mecanismo se ve constantemente saboteado por el terrible y estereotipado manejo (característico de lo peor del cine venezolano) del habla de nuestras zonas populares. Baste citar la declaración de uno de los personajes-testigos, un motorizado: “Bueno, qué. Lo mismo, pana. Lo mismo que ha contado la señora acá y la señorita acá. Dos tipos que entraron a robar y cuando llegaron los tombos se asustaron y nos tomaron como rehenes y tal. Hasta que bueno, pana. Lo que usted ya sabe. Lo que pasó, pues”. (62-63). Al parecer “pana” es la marca distintiva y única de la oralidad de los sectores populares y “tombo” sigue siendo, desde los años setenta u ochenta la única manera de llamar coloquialmente a la policía.

En “Un nombre por otro” las circunstancias que propician la muerte de turno son, por supuesto, absurdas y acartonadas, pero quizás la distancia temporal en que se ubica la historia apacigüe el sabor a tinta que transmiten los cuentos de Chocrón. En este caso, se trata de una prostituta rusa que decide asesinar a un cliente que le ha informado que la antigua localidad de “Tsaritsyn” ahora se llama Stalingrado. La prostituta acaba con la vida del hombre para que su peligroso amante no piense que, por ser otro el nombre de su ciudad natal, ella le ha mentido.

En “Visita guiada” quien muere, o queda al borde de la muerte, pues se nos habla al final de “un último recuerdo” (82), es Alicia, una triste y fea guía de Museos, quien súbitamente se ve atacada por un enjambre de niños que desatan su furia al entrar en unos de los penetrables de Soto.

En “Usted” muere una joven hermosa, rubia y muda. Lo que parece al principio una relación sentimental se transforma en una relación comercial: la muda es utilizada como mula del narcotráfico y muere al explotar uno de los dediles de droga que llevaba en el estómago, no sin antes acusar, por medio de gestos agónicos y desesperados, a la otra mujer, a su engañoso amor. De nuevo, la ambigüedad sexual de uno de los protagonistas es una de las claves enigmáticas del texto. Una ambigüedad que se ampara a lo largo del relato en la imprecisión genérica del tratamiento de “usted”, que utiliza la voz del narrador para referirse a la asesina. Una inusual voz en segunda persona que termina siendo, también, la voz de la conciencia del personaje.

Por último, “Diario de viaje” es la bitácora de la soledad de una mujer mayor ante la partida de su esposo. La historia se desarrolla en una ciudad francesa que nunca se nombra pero que, por desconocimiento directo de las referencias o por ósmosis cultural, uno tiende a asimilar con París. Al acumularse la ausencia en el diario de viaje, que es en realidad un diario de permanencia, comienza a percibirse el ya predecible y forzosamente “sórdido” sustrato que define a los cuentos de Chocrón. Al final, la pareja de tiernos abuelitos resulta ser una pareja de psicópatas asesinos.

Habiendo descendido por completo esta escalera narrativa de desaciertos, no se puede evitar voltear con cierto rencor y decepción hacia aquel lejano primer peldaño que incitó a la lectura. Quizás convenga extender el diagnóstico de ciertas enfermedades de nuestra literatura al cuerpo de la cuentística contemporánea. Quizás convenga insistir en el señalamiento de este terrible mal que lleva a algunos escritores a pensar que con un solo texto presentable es suficiente para armar y sostener un libro. Quizás convenga recordar que la corrección es lo que complementa, no lo que completa, el acto creativo: es el imprescindible respeto hacia el lenguaje, que deviene finalmente en un gesto de aprecio y consideración hacia el lector.

1 comentario:

El Negro dijo...

Sonia, por Dios, los Perdomo te dieron hasta con el tobo. Vas a tener que seguir con el asunto de tus guiones "pre-oscarizados".