sábado, 26 de mayo de 2007

Los estilos de la derrota


Los once cuentos que integran el libro Fuller y otros sobrevivientes (Mondadori, 2005, p. 127), de Héctor Concari, son concebidos en un gran despliegue de imaginación. Estas piezas, además, se articulan mediante historias sencillas, casi siempre bien construidas, en una estructura directa que no escatima, en algunas ocasiones, los saltos temporales para llegar a desenlaces abiertos. La derrota de personajes caídos por los estragos de la experiencia en oficios no deseados, o bien el extravío existencial, son la sustentación temática de relatos originales, punzantes y por momentos profundos.



“Fuller” inicia el periplo con precisión narrativa. Allí, un personaje de oficio hotelero nos describe su insólita amistad con un arruinado norteamericano en Caracas, quien resulta ser un cineasta a la espera de filmar con la extracción de oro del Orinoco. Éste es Fuller, el cual involucra al narrador, quien, pistola en mano, señala en una situación sin salida: “y me di cuenta de que eran esas cosas pequeñas y no las decisiones que uno cree grandes las que me habían llevado a seguir a Fuller en su loca persecución de El Dorado” (17). Entonces, desde un inicio, se nos muestran algunos de los elementos creados por Concari para armar sus historias: el cine –ya sea como sustrato de la anécdota o bien como una referencia pasajera a manera de guiños–, las sentencias elaboradas, la anécdota provocativa que se desplaza con claridad casi siempre lineal, y los personajes que asumen variables o más bien desvíos, que en ocasiones pueden ser delirantes. Con estas mismas características, se podría anotar “Las cuatrocientas burlas del diablo”, donde se incluye, igualmente, a un director de cine: Tanner. Éste rememora, desde la cárcel, haciendo unos extensos saltos temporales, los días de principios del siglo XX, que contemplan su gloria y posterior ruina a causa de la producción de películas eróticas; así como su amistad con Meliès, que le hizo, sin proponérselo, claudicar en el objetivo de ser cineasta de renombre. O “La ciudad, lejos” donde la amistad viril, entre dos vendedores de pólizas, es condicionada por el éxito de uno de ellos en una región lejana.



El recurso lineal se despliega aún más en “Lunes de guerra”. En este relato un indocumentado escritor extranjero, luego de ser apresado en una redada, es obligado a redactar informes eficientes que involucrarán, torciendo los hechos, al anticuario Popescu, rumano exiliado, quien será de esta manera víctima de la persecución obsesiva por parte de la policía. Mucho más peculiar se nos presenta el ambiente de la oficina funeraria de “Pompa y circunstancia”. En este cuento un par de cinéfilos eluden la muerte, la ajena y la propia, en las salas de cine y en las irradiaciones que produce en sus extrañas percepciones esta experiencia. Por su parte, el humorístico “Polifemo” tiene como protagonista a un ex luchador y vigilante, que pierde los estribos por el amor de una búlgara que lo traiciona.



“Habitamos el pasado (…) y buscamos llegar siempre a algo que se nos perdió a lo largo de la vida y queremos recuperar” (87). Estas palabras, que pueden leerse como la gran propuesta que circunda todo el libro, son del narrador adolescente de “Dama de mi Shangai”, quien intenta dar con la clave de El ciudadano Kane de Welles; y, a su vez, con el acertijo del término de una época de su vida. Esta narración, la más extensa del conjunto, se vuelve morosa. Y lo que en otros cuentos había funcionado por una prosa adecuada, sucinta, que no se desperdiciaba en descripciones innecesarias, en “Dama…” los recursos estilísticos se dilatan, hasta concluir en una inexplicable coda que desvirtúa por completo sus alcances. Igualmente desacertado se nos muestra “Abidjan, cerca de Sierra Leona”, donde se pretende convencernos de que unos periodistas, en un remoto paraje, son capaces de invertir un par de miles de dólares con el propósito de conseguir un tubazo para sacar adelante una edición especial de su periódico. En este sentido, se lleva demasiado lejos otra constante de Concari: los límites de la verosimilitud del relato, ya que en casi todos los escritos son usuales las anécdotas que se perfilan desde seres más o menos absurdos, carcomidos por la soledad insondable y la pérdida de algo confuso pero esencial.


Comentario aparte merecen “La leona de los ojos verdes” y “Todo eso y Coltrane”, que tienen como tensor de las anécdotas a la música de jazz. En el primero, se narra un amor no correspondido en una confesión etílica. El otro es uno de los mejores cuentos del libro, que involucra a un saxofonista. Éste tiene que reagrupar a su antigua banda de música popular. “Los sueños obtienen su encanto de la distancia que exige” (73), nos señala el protagonista, en un ambiente enrarecido por su melancolía, por la codicia política y por la música de Coltrane. En el conjunto también destaca el relato “24 horas”, que vuelve, dando un giro imprevisto, a los relatos de tortura política.


Por otra parte, si bien los cuentos reunidos en Fuller… están en su mayoría constituidos, como se ha señalado, por una prosa eficaz y sutil, sorprenden ejemplos como los siguientes: “Luis le dio en la cara con el periódico, pero el Perro, o el ron que cargaba entre pecho y espalda apenas sí reaccionó ante el secuestro del jefe de inteligencia del ejército” (81), donde una inadecuada puntuación desconcierta; o bien: “Ahora estoy seguro de que fue en ese momento que decidí que tenía que abandonar ese mundo” (114; subrayado nuestro), este exagerado queísmo no es el único. De igual forma, llaman la atención, tomando en cuenta que la edición de Fuller… fue revisada por un corrector de pruebas y figura en el reparto de los créditos una encargada de la edición, las reiteradas, a veces irritantes, erratas en muchas de sus páginas.


Pese a los desaciertos señalados en Fuller y otros sobrevivientes, el conjunto resulta una grata sorpresa dentro del panorama de las nuevas voces. Los alcances de Concari aún son imprevisibles, pero sin duda sus relatos, por su originalidad y limpieza expositiva que dejan en claro una vocación de estilo, tendrán que ser tomados en cuenta a la hora de evaluar a la narrativa emergente.

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