domingo, 16 de noviembre de 2008

Resultados electorales de A. Perdomo C.A


La Cámara electoral de Los Perdomo emite su boletín oficial con los resultados de sus primeras elecciones nacionales. Los Perdomo quieren agradecer al pueblo venezolano su participación masiva y democrática, así como informar que serán reseñados el libro y el autor ganador así como los 3 primeros finalistas. Quienes quieran revisar la totalidad de la encuesta pueden hacerlo con sólo pulsar la opción "view" del cuadro respectivo. 

El próximo libro a reseñar por Los Perdomo, por decisión popular, es la novela "Un vampiro en Maracaibo", de Norberto José Olivar. El autor marabino dio una verdadera paliza a sus otros contrincantes al obtener 81 votos de un total de 194 emitidos. Esto se traduce en un 42 % de las preferencias de los votantes.

En segundo lugar tenemos a Rodrigo Blanco Calderón con su libro de relatos "Los invencibles", que obtuvo 41 votos para un 21 % de la totalidad de votos emitidos. 

 En tercer lugar aparece Fedosy Santaella con su libro de relatos "Piedras lunares", que obtuvo 14 votos para un 7 % de las preferencias. 

En cuarto lugar está Victoria de Estéfano con su novela "Lluvia", que obtuvo 13 votos para un 7 % del total de votos. 

No nos queda sino agradecerles su participación y esperar con un poco de paciencia la publicación de estas 4 reseñas que aparecerán en los próximos días. Les recordamos que también estamos en facebook y nos pueden agregar por esa via a su lista de contactos. 


jueves, 16 de octubre de 2008

Los Perdomo adelantan las elecciones


Así como lo leen, apreciados usuarios. Los Perdomo ofrecen a sus lectores la posibilidad de elegir los próximos libros a reseñar. Sólo deben votar por una de las opciones que ofrecemos en el recuadro de la encuesta. Recordamos que sólo se puede seleccionar una opción y sólo se puede votar una vez por día. La encuesta permanecerá abierta durante un mes: desde el 16 de octubre hasta el 15 de noviembre de 2008. Así que ¡a votar!

   

martes, 14 de octubre de 2008

Conozca la verdadera identidad de Los Perdomo


Revelamos aquí los resultados de nuestra encuesta sobre la verdadera identidad de Los Perdomo, con base en un total de 57 votos emitidos. Las opciones a la pregunta "¿Quién cree usted que está detrás de A. Perdomo C.A?" fueron las siguientes: 

A) La CIA, que obtuvo 6 votos, es decir, el 11 % de las preferencias. 

B) Douglas Palma y cinco intelectuales ninja, que obtuvo 8 votos, es decir, el 14 % de las preferencias.

C) Alicia Perdomo, que obtuvo 12 votos, es decir, el 21 % de las preferencias.

D) Un conglomerado de profesores amargados del Pedagógico de Caracas, que obtuvo 22 votos, es decir, el 39 % de las preferencias. 

E) Harold Bloom, que obtuvo 9 votos, es decir, el 16 % de las preferencias. 

De modo que, por decisión popular, Los Perdomo son...¡Un conglomerado de profesores amargados del Pedagógico de Caracas! 

miércoles, 17 de septiembre de 2008

Extravíos del corazón


Los redactores de la contratapa de El bululú de las ninfas (Editorial Alfa, Caracas, 2007. 143 p.), novela de José Pulido, resumen de este modo el interés de la obra: “… libro desbordante de humor y sensualidad tropical que narra el desarrollo de varias historias personales y el recuento de un homicidio. Se intuye un misterio flotando por ahí, como un vapor que jamás se difumina.” La breve presentación finaliza con este desternillante párrafo: “… es una novela que va a quedarse para siempre en la memoria de los lectores. Qué cosa tan inquietante. Pero pueden jurarlo: no van a poder sacudírsela del corazón”. La verdad, cualquier aventajado estudiante de letras pudo haber escrito algo menos ambiguo e inocuo, aunque es difícil, debemos admitirlo, sintetizar en pocas líneas el flojo argumento de una narración que promete ser un policial, pero que a fin de cuentas se transforma en un tosco melodrama.

Editar un libro implica atender debidamente una serie de detalles: desde el diseño de la carátula hasta las líneas que, en apariencia, venderán el producto; también, y perdonen la impertinencia, la selección de una historia atractiva y bien construida, pero sobre todo, que revele cuidado en el manejo de los instrumentos expresivos: una carpintería libre de queísmos y de malas acentuaciones, lo cual indica, de paso, que la tarea de corrector de pruebas aún no se profesionaliza entre nosotros (véase este ejemplo: “… tiene que subirse a la cerca para saltar al otro lado. Recorre un hatajo [sic] encementado y escucha los latigazos..., p. 116. Queísmos: “avanzó bastante en este sentido, hasta el punto que…”; “El hecho que le pusieran yogurt en el sexo…”; “Ahí me di cuenta que yo era un inocente…”; pp. 43, 82, 96).

Estas inconsistencias pueden considerarse menores al compararlas con el “misterio” de la trama general: el cadáver de una turista alemana hallado en Naiguatá. Todo parece indicar que estamos ante la estructura clásica de un texto policíaco; sin embargo, a medida que avanza la lectura, Pulido introduce historias menores que, lejos de incrementar la curiosidad, extravían la atención y disminuyen el impacto de la escena que abre la novela. Así, varias sub-tramas van oscureciendo el motivo básico (“una mujer que amaneció desnuda, violada y muerta, en el ensimismamiento de la playa”, p. 7) hasta borrarlo por completo. Tanto que la resolución del caso se produce de manera casi fortuita, cuando ya otros temas ocupan el discurso del narrador.

No obstante, debe reconocerse que algunas de esas mínimas historias, una de las cuales terminará copando el escenario (la del amor no correspondido de Bubute por Antonia), son atractivas desde la perspectiva de los recursos técnicos que utiliza el autor para materializarlas. Un caso específico sería el modo como se logra trasegar el registro del habla cotidiana de Bubute, Rado Pernoso y Jackson Arubo; también, el del trío femenino Antonia-Yuleisis-Anaconda. Lo mismo podría señalarse de aquellas escenas donde intervienen personajes incidentales: el barrendero, el dueño del kiosco de periódicos, entre otros.

Otra bondad del libro la constituye el manejo del humor: sin duda, Pulido sabe moverse, casi siempre con solvencia, por terreno tan peligroso:


"La barriga está de un templado. Se le sale un pedo (…) con efectos finales de ametralladora. Los culos de hoy en día casi hablan. Qué hediondez. Trata de ignorar el pedo y mira hacia delante: hay una mujer pidiéndole la cola (…) No puede ser, es Justina Sarmiento (…) Enciende varias veces el yesquero para quemar la hedentina y nada. Detiene el carro unos metros antes de llegar hasta donde se encuentra Justina y sale al asfalto nocturnal.
– No te muevas, Justina… espérame ahí… –le grita y saca el revólver. Se gira y dispara dos veces hacia la oscuridad. Luego entra al carro con el revólver humeante, abanica el espacio interior del vehículo y acto seguido lo enchufa en la revolvera de su cintura barrigona y avanza hacia ella. Mira esas tetas (…) Le abre la puerta (…)
– ¿A qué le disparaste Juancho? [sic; a este personaje se le llama Pancho o Juancho, indiferentemente; otro error, sin duda].
– A un animal que vi por el espejo retrovisor… no sé qué era, pero por si acaso…
­– Hiede a…
– A pólvora… es una mierda la pólvora barata que le están poniendo a las balas… no sé qué coño están haciendo con el presupuesto…" (pp. 39-40)



Destaca, por igual, el ingenioso móvil del asesinato (“Y ahora le exacerba la curiosidad eso de que le hincharon el clítoris de tanto succionarlo”, p. 41).

La teoría literaria nos ha enseñado que el género novela es susceptible de incorporar todo tipo de elementos: cartas, ensayos, relatos, poemas. Tal vez por ello, El bululú de las ninfas se demora en asuntos que al final resultan innecesarios: ¿para qué visita la alemana la precaria agencia de turismo donde trabaja Antonia?; por cierto, ¿dónde fue a parar, en el batiburrillo de historias, esa agencia? Asimismo, ¿hacía falta la anécdota del descubrimiento del sexo entre Bernardito y el trío de ninfas (asumimos que a ellas se refiere el título), con la forzosa incorporación de Bubute, como causa que explicaría el consecuente rechazo de Antonia?

Hay otras debilidades. Si no lo tomamos como pretexto para hacer incursiones sobre el color local, ¿cuál es la relevancia del policía germano? ¿Es verosímil la muerte de Bubute por tétanos? (Las páginas que relatan el suceso no tienen ningún rasgo humorístico, pero produce risa creer que alguien muera, el año 1999, de esta afección; más aún si recordamos que es parte de la sabiduría popular, por llamarla de alguna forma, el conocimiento de ciertas enfermedades típicas en pueblos y barrios: sarampión, lechina, paperas y, por supuesto, la que acaba con el buenazo de Bubute). Tampoco es verosímil, salvo como tópico, el intangible romance entre Pancho y Justina, y el melodramático capricho de un joven por una chica que apenas lo saluda. Este atolondrado enamoramiento resulta, en síntesis, la historia principal de la novela y no la otra, la del extraño asesinato a la orilla del mar.

La más flagrante debilidad revela el escaso planeamiento de la obra: en la frase que transcribimos en el tercer párrafo (“una mujer que amaneció desnuda, violada y muerta”) se menciona el hallazgo de un cadáver violado. Sin embargo, eso nunca ocurrió. La novela no sucede en presente absoluto. Los hechos siempre están en pasado; esto quiere decir que el narrador concreto sabe de antemano cómo se desenvolverán los acontecimientos, por lo cual nos parece que Pulido no revisó el detalle relacionado con el potencial asesino de la alemana: una mujer. Por otra parte, el rasgo más resaltante en el cuerpo de la occisa indicaba otro tipo de fallecimiento, no una violación. Con colocar el adverbio “supuestamente” en esa escena de entrada hubiera bastado. O sólo con revisar, como recomienda el oficio.

Al concluir la novela nos queda la sensación de que Pulido intentó retratar nuestra disparatada realidad con base en las vidas marginadas de un grupo de habitantes de la costa, quienes sufren los embates de un presunto homicidio y de un terrible deslave (clara referencia a la llamada “tragedia de Vargas”, tema que, nos parece, rompe con la atmósfera). Aventuramos la idea como intuición, pues el tono superficial de la obra no supera el simple divertimento ni la desorientada vaciedad de las historias.

Insistimos en reconocer el apoyo que, según señalamos en nuestra anterior reseña, las editoriales privadas brindan hoy al escritor venezolano, pero lamentamos que esa apuesta no distinga aún los libros de baja calidad. El bubulú de las ninfas es una novela con escenas divertidas, nada más. No se busque en ella otras cosas. Seguro que apenas cerrarla podrán “sacudírsela del corazón”.

jueves, 14 de agosto de 2008

Las hombreras narrativas de Milagros Socorro


Que veinte años no es nada, cantaba Gardel, allá por el año 35 del siglo pasado. Y la canción ha vuelto a nuestros oídos no porque la novela de Milagros Socorro, El abrazo del tamarindo (Caracas: Alfaguara, 2008, 110 p.), esté escrita en clave tanguera (más bien su tiempo lo marca el ritmo del vallenato), sino por la sensación de estar leyendo una novela escrita en otra época. Más específicamente, una novela escrita en los años ochenta, cuando el huracán Isabel Allende, con libros como La casa de los espíritus (1982), De amor y de sombra (1984) y Eva luna (1987), hacía estragos en el mercado mundial, dinamitando con su ramplonería romántica la herencia del boom de la novela latinoamericana. Con esta decadente tradición es que se conecta la novela de Milagros Socorro.


Antes de analizar el contenido de la novela, es necesario detenerse en algunas consideraciones sobre la portada, la contraportada y la extensión del texto. Al hojear el libro, lo primero que pensamos es que se trataba de una conspiración en contra de la autora. El abrazo del tamarindo, como se puede apreciar en la imagen superior, cuenta con una portada de espanto, que hace pensar en una película pornográfica o en un fotograma tomado de alguna telenovela de los años 90. Al voltear el ejemplar y observar la contraportada, el horror se triplica al ver las tres frases que apadrinan el libro. La primera es un comentario inteligentemente neutro de Ana Teresa Torres (una neutralidad que se ha vuelto una marca que la distingue como lectora); la segunda es una frase de Rafael Osío Cabrices, evidentemente tomada de otro contexto y que exalta las dotes de periodista, cronista y facilitadora de talleres de Milagros Socorro; y la tercera es una frase de la propia autora de la novela digna de Mario Moreno Cantinflas. Dice Socorro: “el individuo es escritor porque no lo puede evitar, no hay razones para serlo pero hay una única razón para no serlo y es que no lo puedes evitar”.


Para hablar de la extensión del texto, vale la pena citar otra frase brillante que se le escuchó a Milagros Socorro durante su arenga, para nada moderada, en la tercera Semana de La Narrativa Urbana que tuvo lugar en Caracas este año. En este evento, Socorro insistía, en las pausas del flagelo con que castigó a los jóvenes cuentistas, que “en literatura todo lo que no suma, resta”. Esta defensa dialéctica de la brevedad alcanza su punto máximo en El abrazo del tamarindo, una esmirriada novela, de esmirriados capítulos, que se apoya sagazmente en las múltiples portadas de presentación de los capítulos internos para que el libro alcance, con las justas, un poco más de cien páginas. En esta novela el afán por la brevedad parece una máscara sobria que, en realidad, sólo busca tapar las carencias. El laconismo de la escritura de Socorro hace pensar, antes que en el buen uso de las elipsis y que en el arte de la contención, en cobardía o pereza narrativa. Una indiferencia o temor por asumir verdaderos riesgos creativos, como si el límite de la página pudiera salvarla de cometer mayores errores.


La historia que se cuenta en El abrazo del tamarindo sucede en un pueblo zuliano, fronterizo con Colombia, llamado San Fidel de Apón y está narrada por una niña de 13 años que anota sus vivencias en el típico diario que llevan las adolescentes afligidas. Las circunstancias familiares del personaje narrador son de una precariedad tal que la muerte de sus padres representará un alivio y una liberación. La orfandad será el cambio necesario para que el personaje abandone el mundo de los miedos infantiles y entre en la vorágine allendiana del erotismo y la sexualidad. En ambos casos, es la cama de su habitación el espacio donde ocurrirá esta transformación. Ese será el escenario donde la niña sufrirá, primero, el miedo ante la oscuridad: “en esa época estaba convencida de que las noches eran el país de las criaturas espantosas, las que vagaban en medio de grandes sufrimientos y, sobre todo, hondos misterios. La cabecera de mi cama quedaba bajo la ventana y frente al espejo. De manera que podía ver, reflejadas en la luna de la peinadora, las ramas del tamarindo barriendo los vidrios del ventanal como brazos que arañan la salvación” (21). El árbol de tamarindo que preside la habitación y la casa familiar donde vive la niña tendrá los atributos de protección y arraigo que todos los árboles han tenido simbólicamente a lo largo del tiempo y, sobre todo, en los cuentos rurales. De hecho, en la última frase de la novela, cuando ya la niña ha sido desvirgada y parte junto con la orquesta femenina de vallenato a recorrer mundo, el benéfico árbol de tamarindo reaparece como emblema de la memoria y el pasado: “Y las ramas del tamarindo meciéndose sin prisa” (110).


Además de apelar a este costumbrismo de utilería, Socorro hará uso de un horror kitsch con sangre Ketchup para reconstruir la infancia de la niña antes de la aparición de Liduvina, personaje que concentra y pone en movimiento las acciones principales en la novela. En los días previos a la llegada de Liduvina, la niña ha estado sumida en un infierno de muerte, putrefacción y desidia. Su padre ha fallecido después de una larga enfermedad, y la madre, enloquecida, se encierra en un escaparate rehusándose por completo a salir. La niña, por su parte, permanece en su cama mientras ve cómo las ratas que pululan en la casa se devoran los restos de la comida que una prima de su madre deja de vez en cuando. “Otro día”, cuenta la niña, “las ratas, hambrientas, empezaron a rondar mi cama y el escaparate donde mi madre permanecía recluida (…) Por mi parte, carecía de las fuerzas necesarias para ahuyentar los animales y los veía sostener encarnizadas pugnas por un pedazo de plátano podrido o una mazorca enteca; luchaban con tal furia que su sangre me salpicaba la cara y los brazos” (29).


Este horror de cine dominical es interrumpido por Liduvina, una mulata colombiana que viene, por pedido de la prima Elda, a encargarse de la casa. Será este personaje el que le devuelva la vida al tétrico hogar y quien con el carisma tropical y la sabrosura de su personalidad educará sentimentalmente a la niña. Liduvina es el personaje central de la novela pues su irrupción en la trama es la que da un comienzo a la historia y es el acontecimiento que le permite a la niña, en su condición de personaje-narrador, recapitular su vida hasta ese momento. El personaje de Liduvina cumple además con la función de conectar entre sí las otras historias que la autora (¿bostezante? ¿temerosa?) apenas llega a bosquejar. Socorro construye sus personajes con premura y torpeza, con brochazos gordos disfrazados de pinceladas sugerentes, que hacen de El abrazo del tamarindo un texto fallido y prematuro que no supera la condición de borrador.


Hagamos un breve repaso a los otros personajes que participan en la novela.


Entre éstos hay que mencionar, principalmente, a Araceli, cuya historia ocupa un espacio considerable dentro de la trama (páginas 35-59) y permite ver las fallas en la construcción de los personajes y en el ensamblaje de sus vidas en el marco general de la novela. Araceli es una mucama que tiene amoríos con Samuel, el señor de una casa respetable del pueblo. Samuel sucumbirá a los juegos de seducción de su amante y se fugará con ella, provocando un verdadero escándalo en San Fidel de Apón. La fuga será un fracaso y Araceli se irá a vivir a la casa de la niña, que administra su amiga Liduvina. Araceli encarna la previsible ecuación que define a ciertos personajes femeninos construidos desde una perspectiva abiertamente machista y estereotipada. Esa que plantea que lo femenino sólo existe para ser profanado o penetrado. También cabe la posibilidad, teniendo en cuenta que el autor de El abrazo del tamarindo es mujer, que estos estereotipos manidos, hollados, de lo femenino busquen reproducir, a manera de denuncia solapada, la manera en que los hombres (en este caso, los de pueblo) suelen relacionarse con la mujeres. Lo cual nos llevaría a un prejuicio de signo inverso y que es el que al final, lamentablemente, parece imponerse: que lo masculino, como fuerza abstracta, solo existe en el mundo para profanar y penetrar lo que encuentre a su paso (que sería, también de forma abstracta, como “fuerza” pasiva, lo femenino). Así como Socorro fracasa en la verosimilitud de este personaje, igualmente no logra incorporar esta historia con la línea central del relato. Una vez que se refugia en la casa de la niña y de Liduvina, Araceli se diluye entre los otros personajes y entre las otras historias sin que el lector entienda entonces cuál fue la justificación de semejante interrupción en el hilo de la anécdota.


Es también el caso de Desamparados Pontón, un personaje que vendrá a representar otro estereotipo o ecuación caracterológica: la del negrito sabrosón. En realidad, casi todos los personajes del libro de Socorro son negritos y son sabrosones. Lo cierto es que Desamparados, que al final tendrá la tarea de desvirgar con ternura a la niña del diario, es despachado, como personaje individual, en un par de páginas tan insustanciales como las 25 que Socorro dedica a Araceli. Lo mismo podría decirse de Samuel, del corro de amigas de Liduvina, del padre de Samuel y, sobre todo, de Dolores Valier, un personaje verdaderamente ridículo y caricaturesco.


Entre esta marea de figurines, sólo destaca (como el tuerto en el país de los ciegos) Liduvina, con una personalidad y una vida más o menos creíble. Esta relativa fortaleza es lo que la convierte en el “lugar de encuentro” de todos los personajes. Es Liduvina quien permite que sus respectivas circunstancias se conecten y es ella quien hace la propuesta que al final será el eje de la novela: la creación de un grupo de vallenato conformado exclusivamente por mujeres.


Quizás sea este episodio el más lamentable de la novela de Socorro. Como si quisiera revivir con su escritura ochentosa a otro ícono de esa época, Socorro transforma a sus personajes en una versión renovada y colombiana de Las chicas del can. La música será el vehículo de expresión del girl power, la alternativa exótica que estas mujeres de la mala vida encuentran a las imposiciones socioculturales de su tiempo. A este cliché francamente penoso podríamos sumar varios otros característicos de la más rancia escritura militante-femenina: creer que toda novela protagonizada por mujeres debe tener su juego manchado de lencería: ¿hasta cuándo se van a narrar menarquias y primeras veces trágicas o tiernas?; creer que los hombres, el matrimonio y la familia son aberraciones per se de las cuales las mujeres tienen que escapar si quieren tener una vida aventurera y bonita; creer que la afirmación de lo femenino se reduce a que un grupo de mujeres haga lo que normalmente hacen grupos de hombres; creer que la liberación sexual, como tema literario, todavía es polémico y transgresor.


Todos estos clichés se resumen en la petición que hace el personaje Dolores Valier (la excelsa acordeonista que transformará en una verdadera orquesta a ese grupo de aficionadas al vallenato) a las otras mujeres que participan en esta historia: “Nada de maridos…ni uno sólo, pues. Nada de casas fijas, viajaremos todo el tiempo buscando las mejores plazas. Nada de rapiña, el dinero que ganemos lo repartiremos por igual entre todas. Nada de virgos que cuidar” (97). Esta resolución, sobre todo la última, es la que llevará a que Liduvina entregue a la niña para que el negro Desamparados Pontón la desvirgue. En la penúltima página, antes del himno al árbol del tamarindo con que cierra la novela, Socorro pone la guinda en la torta de la cursilería con una última declaración cantinflérica: “Dejo San Fidel sin haberlo conocido del todo; quizás por eso lo amo. Liduvina ha adivinado mi inquietud, dice que el exilio es cosa dura y que uno nunca termina de reponerse, pero aunque uno vaya muy lejos y duerma en muchas camas, sólo es dado tener una casa y ésa está siempre en el corazón, que de otra manera quedaría destrozado” (El subrayado es nuestro, p. 109).


Mientras ustedes reflexionan sobre este último contrasentido, aquí podemos plantear algunas ideas y preguntas para concluir esta lectura de El abrazo del tamarindo.


Lo que nos inquieta no es el hecho de que se haya publicado una novela mediocre. El mercado editorial venezolano se está llenando de un conjunto cada vez más numeroso de obras regulares o pésimas que desde ya han pasado al olvido. Lo que preocupa es que sean autores como éstos, con una obra tan limitada de temas y recursos, quienes estén formando a los nuevos escritores. Lo que preocupa es no saber dónde ha estado metida Milagros Socorro, como lectora, en los últimos 20 años. Lo que preocupa es que el tiraje de 6.000 ejemplares de El abrazo del tamarindo, ratifica la apuesta codiciosa de Alfaguara por una literatura fácil, que no se atreve a modificar los gustos de los lectores y ha terminado por colocarle unas hombreras irritantes a la narrativa venezolana “contemporánea”. En todo caso, no nos pongamos de mal humor. Celebremos el surgimiento amparado por las grandes editoriales de la literatura de best-seller en Venezuela. Esperemos que al menos los árboles, no sabemos si de tamarindo, que ahora reposan en esos 6.000 ejemplares no hayan muerto en vano. Recibamos el abrazo de esos árboles con sabor a pan y a circo.

viernes, 8 de agosto de 2008

Los Perdomo: Segunda temporada


No estábamos muertos, ni de parranda, ni inhabilitados por el Pen Venezuela. Los Perdomo emprendimos un largo viaje en barco que nos llevó hasta Alaska. Allí, bajo el auspicio riguroso del clima, reflexionamos hondamente sobre la literatura venezolana, sobre el valor o la necesidad de nuestra labor crítica y sobre muchas otras cosas de vital importancia que sería ocioso enumerar ahora.

Lo cierto es que estamos de regreso, con las pilas recargadas después de tan reparador viaje, dispuestos a seguir leyendo literatura de autores venezolanos con el rigor que ustedes, queridos lectores, han sabido apreciar.    

¿Cuando comienza la segunda temporada de Los Perdomo? Pronto...muy pronto. Mientras tanto, pueden participar en nuestra encuesta sobre la verdadera identidad de los Perdomo. También vamos a adelantarles el objeto de la próxima reseña. 

Prevenido: El abrazo del tamarindo, de Milagros Socorro. 

Hasta pronto