jueves, 14 de agosto de 2008

Las hombreras narrativas de Milagros Socorro


Que veinte años no es nada, cantaba Gardel, allá por el año 35 del siglo pasado. Y la canción ha vuelto a nuestros oídos no porque la novela de Milagros Socorro, El abrazo del tamarindo (Caracas: Alfaguara, 2008, 110 p.), esté escrita en clave tanguera (más bien su tiempo lo marca el ritmo del vallenato), sino por la sensación de estar leyendo una novela escrita en otra época. Más específicamente, una novela escrita en los años ochenta, cuando el huracán Isabel Allende, con libros como La casa de los espíritus (1982), De amor y de sombra (1984) y Eva luna (1987), hacía estragos en el mercado mundial, dinamitando con su ramplonería romántica la herencia del boom de la novela latinoamericana. Con esta decadente tradición es que se conecta la novela de Milagros Socorro.


Antes de analizar el contenido de la novela, es necesario detenerse en algunas consideraciones sobre la portada, la contraportada y la extensión del texto. Al hojear el libro, lo primero que pensamos es que se trataba de una conspiración en contra de la autora. El abrazo del tamarindo, como se puede apreciar en la imagen superior, cuenta con una portada de espanto, que hace pensar en una película pornográfica o en un fotograma tomado de alguna telenovela de los años 90. Al voltear el ejemplar y observar la contraportada, el horror se triplica al ver las tres frases que apadrinan el libro. La primera es un comentario inteligentemente neutro de Ana Teresa Torres (una neutralidad que se ha vuelto una marca que la distingue como lectora); la segunda es una frase de Rafael Osío Cabrices, evidentemente tomada de otro contexto y que exalta las dotes de periodista, cronista y facilitadora de talleres de Milagros Socorro; y la tercera es una frase de la propia autora de la novela digna de Mario Moreno Cantinflas. Dice Socorro: “el individuo es escritor porque no lo puede evitar, no hay razones para serlo pero hay una única razón para no serlo y es que no lo puedes evitar”.


Para hablar de la extensión del texto, vale la pena citar otra frase brillante que se le escuchó a Milagros Socorro durante su arenga, para nada moderada, en la tercera Semana de La Narrativa Urbana que tuvo lugar en Caracas este año. En este evento, Socorro insistía, en las pausas del flagelo con que castigó a los jóvenes cuentistas, que “en literatura todo lo que no suma, resta”. Esta defensa dialéctica de la brevedad alcanza su punto máximo en El abrazo del tamarindo, una esmirriada novela, de esmirriados capítulos, que se apoya sagazmente en las múltiples portadas de presentación de los capítulos internos para que el libro alcance, con las justas, un poco más de cien páginas. En esta novela el afán por la brevedad parece una máscara sobria que, en realidad, sólo busca tapar las carencias. El laconismo de la escritura de Socorro hace pensar, antes que en el buen uso de las elipsis y que en el arte de la contención, en cobardía o pereza narrativa. Una indiferencia o temor por asumir verdaderos riesgos creativos, como si el límite de la página pudiera salvarla de cometer mayores errores.


La historia que se cuenta en El abrazo del tamarindo sucede en un pueblo zuliano, fronterizo con Colombia, llamado San Fidel de Apón y está narrada por una niña de 13 años que anota sus vivencias en el típico diario que llevan las adolescentes afligidas. Las circunstancias familiares del personaje narrador son de una precariedad tal que la muerte de sus padres representará un alivio y una liberación. La orfandad será el cambio necesario para que el personaje abandone el mundo de los miedos infantiles y entre en la vorágine allendiana del erotismo y la sexualidad. En ambos casos, es la cama de su habitación el espacio donde ocurrirá esta transformación. Ese será el escenario donde la niña sufrirá, primero, el miedo ante la oscuridad: “en esa época estaba convencida de que las noches eran el país de las criaturas espantosas, las que vagaban en medio de grandes sufrimientos y, sobre todo, hondos misterios. La cabecera de mi cama quedaba bajo la ventana y frente al espejo. De manera que podía ver, reflejadas en la luna de la peinadora, las ramas del tamarindo barriendo los vidrios del ventanal como brazos que arañan la salvación” (21). El árbol de tamarindo que preside la habitación y la casa familiar donde vive la niña tendrá los atributos de protección y arraigo que todos los árboles han tenido simbólicamente a lo largo del tiempo y, sobre todo, en los cuentos rurales. De hecho, en la última frase de la novela, cuando ya la niña ha sido desvirgada y parte junto con la orquesta femenina de vallenato a recorrer mundo, el benéfico árbol de tamarindo reaparece como emblema de la memoria y el pasado: “Y las ramas del tamarindo meciéndose sin prisa” (110).


Además de apelar a este costumbrismo de utilería, Socorro hará uso de un horror kitsch con sangre Ketchup para reconstruir la infancia de la niña antes de la aparición de Liduvina, personaje que concentra y pone en movimiento las acciones principales en la novela. En los días previos a la llegada de Liduvina, la niña ha estado sumida en un infierno de muerte, putrefacción y desidia. Su padre ha fallecido después de una larga enfermedad, y la madre, enloquecida, se encierra en un escaparate rehusándose por completo a salir. La niña, por su parte, permanece en su cama mientras ve cómo las ratas que pululan en la casa se devoran los restos de la comida que una prima de su madre deja de vez en cuando. “Otro día”, cuenta la niña, “las ratas, hambrientas, empezaron a rondar mi cama y el escaparate donde mi madre permanecía recluida (…) Por mi parte, carecía de las fuerzas necesarias para ahuyentar los animales y los veía sostener encarnizadas pugnas por un pedazo de plátano podrido o una mazorca enteca; luchaban con tal furia que su sangre me salpicaba la cara y los brazos” (29).


Este horror de cine dominical es interrumpido por Liduvina, una mulata colombiana que viene, por pedido de la prima Elda, a encargarse de la casa. Será este personaje el que le devuelva la vida al tétrico hogar y quien con el carisma tropical y la sabrosura de su personalidad educará sentimentalmente a la niña. Liduvina es el personaje central de la novela pues su irrupción en la trama es la que da un comienzo a la historia y es el acontecimiento que le permite a la niña, en su condición de personaje-narrador, recapitular su vida hasta ese momento. El personaje de Liduvina cumple además con la función de conectar entre sí las otras historias que la autora (¿bostezante? ¿temerosa?) apenas llega a bosquejar. Socorro construye sus personajes con premura y torpeza, con brochazos gordos disfrazados de pinceladas sugerentes, que hacen de El abrazo del tamarindo un texto fallido y prematuro que no supera la condición de borrador.


Hagamos un breve repaso a los otros personajes que participan en la novela.


Entre éstos hay que mencionar, principalmente, a Araceli, cuya historia ocupa un espacio considerable dentro de la trama (páginas 35-59) y permite ver las fallas en la construcción de los personajes y en el ensamblaje de sus vidas en el marco general de la novela. Araceli es una mucama que tiene amoríos con Samuel, el señor de una casa respetable del pueblo. Samuel sucumbirá a los juegos de seducción de su amante y se fugará con ella, provocando un verdadero escándalo en San Fidel de Apón. La fuga será un fracaso y Araceli se irá a vivir a la casa de la niña, que administra su amiga Liduvina. Araceli encarna la previsible ecuación que define a ciertos personajes femeninos construidos desde una perspectiva abiertamente machista y estereotipada. Esa que plantea que lo femenino sólo existe para ser profanado o penetrado. También cabe la posibilidad, teniendo en cuenta que el autor de El abrazo del tamarindo es mujer, que estos estereotipos manidos, hollados, de lo femenino busquen reproducir, a manera de denuncia solapada, la manera en que los hombres (en este caso, los de pueblo) suelen relacionarse con la mujeres. Lo cual nos llevaría a un prejuicio de signo inverso y que es el que al final, lamentablemente, parece imponerse: que lo masculino, como fuerza abstracta, solo existe en el mundo para profanar y penetrar lo que encuentre a su paso (que sería, también de forma abstracta, como “fuerza” pasiva, lo femenino). Así como Socorro fracasa en la verosimilitud de este personaje, igualmente no logra incorporar esta historia con la línea central del relato. Una vez que se refugia en la casa de la niña y de Liduvina, Araceli se diluye entre los otros personajes y entre las otras historias sin que el lector entienda entonces cuál fue la justificación de semejante interrupción en el hilo de la anécdota.


Es también el caso de Desamparados Pontón, un personaje que vendrá a representar otro estereotipo o ecuación caracterológica: la del negrito sabrosón. En realidad, casi todos los personajes del libro de Socorro son negritos y son sabrosones. Lo cierto es que Desamparados, que al final tendrá la tarea de desvirgar con ternura a la niña del diario, es despachado, como personaje individual, en un par de páginas tan insustanciales como las 25 que Socorro dedica a Araceli. Lo mismo podría decirse de Samuel, del corro de amigas de Liduvina, del padre de Samuel y, sobre todo, de Dolores Valier, un personaje verdaderamente ridículo y caricaturesco.


Entre esta marea de figurines, sólo destaca (como el tuerto en el país de los ciegos) Liduvina, con una personalidad y una vida más o menos creíble. Esta relativa fortaleza es lo que la convierte en el “lugar de encuentro” de todos los personajes. Es Liduvina quien permite que sus respectivas circunstancias se conecten y es ella quien hace la propuesta que al final será el eje de la novela: la creación de un grupo de vallenato conformado exclusivamente por mujeres.


Quizás sea este episodio el más lamentable de la novela de Socorro. Como si quisiera revivir con su escritura ochentosa a otro ícono de esa época, Socorro transforma a sus personajes en una versión renovada y colombiana de Las chicas del can. La música será el vehículo de expresión del girl power, la alternativa exótica que estas mujeres de la mala vida encuentran a las imposiciones socioculturales de su tiempo. A este cliché francamente penoso podríamos sumar varios otros característicos de la más rancia escritura militante-femenina: creer que toda novela protagonizada por mujeres debe tener su juego manchado de lencería: ¿hasta cuándo se van a narrar menarquias y primeras veces trágicas o tiernas?; creer que los hombres, el matrimonio y la familia son aberraciones per se de las cuales las mujeres tienen que escapar si quieren tener una vida aventurera y bonita; creer que la afirmación de lo femenino se reduce a que un grupo de mujeres haga lo que normalmente hacen grupos de hombres; creer que la liberación sexual, como tema literario, todavía es polémico y transgresor.


Todos estos clichés se resumen en la petición que hace el personaje Dolores Valier (la excelsa acordeonista que transformará en una verdadera orquesta a ese grupo de aficionadas al vallenato) a las otras mujeres que participan en esta historia: “Nada de maridos…ni uno sólo, pues. Nada de casas fijas, viajaremos todo el tiempo buscando las mejores plazas. Nada de rapiña, el dinero que ganemos lo repartiremos por igual entre todas. Nada de virgos que cuidar” (97). Esta resolución, sobre todo la última, es la que llevará a que Liduvina entregue a la niña para que el negro Desamparados Pontón la desvirgue. En la penúltima página, antes del himno al árbol del tamarindo con que cierra la novela, Socorro pone la guinda en la torta de la cursilería con una última declaración cantinflérica: “Dejo San Fidel sin haberlo conocido del todo; quizás por eso lo amo. Liduvina ha adivinado mi inquietud, dice que el exilio es cosa dura y que uno nunca termina de reponerse, pero aunque uno vaya muy lejos y duerma en muchas camas, sólo es dado tener una casa y ésa está siempre en el corazón, que de otra manera quedaría destrozado” (El subrayado es nuestro, p. 109).


Mientras ustedes reflexionan sobre este último contrasentido, aquí podemos plantear algunas ideas y preguntas para concluir esta lectura de El abrazo del tamarindo.


Lo que nos inquieta no es el hecho de que se haya publicado una novela mediocre. El mercado editorial venezolano se está llenando de un conjunto cada vez más numeroso de obras regulares o pésimas que desde ya han pasado al olvido. Lo que preocupa es que sean autores como éstos, con una obra tan limitada de temas y recursos, quienes estén formando a los nuevos escritores. Lo que preocupa es no saber dónde ha estado metida Milagros Socorro, como lectora, en los últimos 20 años. Lo que preocupa es que el tiraje de 6.000 ejemplares de El abrazo del tamarindo, ratifica la apuesta codiciosa de Alfaguara por una literatura fácil, que no se atreve a modificar los gustos de los lectores y ha terminado por colocarle unas hombreras irritantes a la narrativa venezolana “contemporánea”. En todo caso, no nos pongamos de mal humor. Celebremos el surgimiento amparado por las grandes editoriales de la literatura de best-seller en Venezuela. Esperemos que al menos los árboles, no sabemos si de tamarindo, que ahora reposan en esos 6.000 ejemplares no hayan muerto en vano. Recibamos el abrazo de esos árboles con sabor a pan y a circo.

viernes, 8 de agosto de 2008

Los Perdomo: Segunda temporada


No estábamos muertos, ni de parranda, ni inhabilitados por el Pen Venezuela. Los Perdomo emprendimos un largo viaje en barco que nos llevó hasta Alaska. Allí, bajo el auspicio riguroso del clima, reflexionamos hondamente sobre la literatura venezolana, sobre el valor o la necesidad de nuestra labor crítica y sobre muchas otras cosas de vital importancia que sería ocioso enumerar ahora.

Lo cierto es que estamos de regreso, con las pilas recargadas después de tan reparador viaje, dispuestos a seguir leyendo literatura de autores venezolanos con el rigor que ustedes, queridos lectores, han sabido apreciar.    

¿Cuando comienza la segunda temporada de Los Perdomo? Pronto...muy pronto. Mientras tanto, pueden participar en nuestra encuesta sobre la verdadera identidad de los Perdomo. También vamos a adelantarles el objeto de la próxima reseña. 

Prevenido: El abrazo del tamarindo, de Milagros Socorro. 

Hasta pronto