miércoles, 17 de septiembre de 2008

Extravíos del corazón


Los redactores de la contratapa de El bululú de las ninfas (Editorial Alfa, Caracas, 2007. 143 p.), novela de José Pulido, resumen de este modo el interés de la obra: “… libro desbordante de humor y sensualidad tropical que narra el desarrollo de varias historias personales y el recuento de un homicidio. Se intuye un misterio flotando por ahí, como un vapor que jamás se difumina.” La breve presentación finaliza con este desternillante párrafo: “… es una novela que va a quedarse para siempre en la memoria de los lectores. Qué cosa tan inquietante. Pero pueden jurarlo: no van a poder sacudírsela del corazón”. La verdad, cualquier aventajado estudiante de letras pudo haber escrito algo menos ambiguo e inocuo, aunque es difícil, debemos admitirlo, sintetizar en pocas líneas el flojo argumento de una narración que promete ser un policial, pero que a fin de cuentas se transforma en un tosco melodrama.

Editar un libro implica atender debidamente una serie de detalles: desde el diseño de la carátula hasta las líneas que, en apariencia, venderán el producto; también, y perdonen la impertinencia, la selección de una historia atractiva y bien construida, pero sobre todo, que revele cuidado en el manejo de los instrumentos expresivos: una carpintería libre de queísmos y de malas acentuaciones, lo cual indica, de paso, que la tarea de corrector de pruebas aún no se profesionaliza entre nosotros (véase este ejemplo: “… tiene que subirse a la cerca para saltar al otro lado. Recorre un hatajo [sic] encementado y escucha los latigazos..., p. 116. Queísmos: “avanzó bastante en este sentido, hasta el punto que…”; “El hecho que le pusieran yogurt en el sexo…”; “Ahí me di cuenta que yo era un inocente…”; pp. 43, 82, 96).

Estas inconsistencias pueden considerarse menores al compararlas con el “misterio” de la trama general: el cadáver de una turista alemana hallado en Naiguatá. Todo parece indicar que estamos ante la estructura clásica de un texto policíaco; sin embargo, a medida que avanza la lectura, Pulido introduce historias menores que, lejos de incrementar la curiosidad, extravían la atención y disminuyen el impacto de la escena que abre la novela. Así, varias sub-tramas van oscureciendo el motivo básico (“una mujer que amaneció desnuda, violada y muerta, en el ensimismamiento de la playa”, p. 7) hasta borrarlo por completo. Tanto que la resolución del caso se produce de manera casi fortuita, cuando ya otros temas ocupan el discurso del narrador.

No obstante, debe reconocerse que algunas de esas mínimas historias, una de las cuales terminará copando el escenario (la del amor no correspondido de Bubute por Antonia), son atractivas desde la perspectiva de los recursos técnicos que utiliza el autor para materializarlas. Un caso específico sería el modo como se logra trasegar el registro del habla cotidiana de Bubute, Rado Pernoso y Jackson Arubo; también, el del trío femenino Antonia-Yuleisis-Anaconda. Lo mismo podría señalarse de aquellas escenas donde intervienen personajes incidentales: el barrendero, el dueño del kiosco de periódicos, entre otros.

Otra bondad del libro la constituye el manejo del humor: sin duda, Pulido sabe moverse, casi siempre con solvencia, por terreno tan peligroso:


"La barriga está de un templado. Se le sale un pedo (…) con efectos finales de ametralladora. Los culos de hoy en día casi hablan. Qué hediondez. Trata de ignorar el pedo y mira hacia delante: hay una mujer pidiéndole la cola (…) No puede ser, es Justina Sarmiento (…) Enciende varias veces el yesquero para quemar la hedentina y nada. Detiene el carro unos metros antes de llegar hasta donde se encuentra Justina y sale al asfalto nocturnal.
– No te muevas, Justina… espérame ahí… –le grita y saca el revólver. Se gira y dispara dos veces hacia la oscuridad. Luego entra al carro con el revólver humeante, abanica el espacio interior del vehículo y acto seguido lo enchufa en la revolvera de su cintura barrigona y avanza hacia ella. Mira esas tetas (…) Le abre la puerta (…)
– ¿A qué le disparaste Juancho? [sic; a este personaje se le llama Pancho o Juancho, indiferentemente; otro error, sin duda].
– A un animal que vi por el espejo retrovisor… no sé qué era, pero por si acaso…
­– Hiede a…
– A pólvora… es una mierda la pólvora barata que le están poniendo a las balas… no sé qué coño están haciendo con el presupuesto…" (pp. 39-40)



Destaca, por igual, el ingenioso móvil del asesinato (“Y ahora le exacerba la curiosidad eso de que le hincharon el clítoris de tanto succionarlo”, p. 41).

La teoría literaria nos ha enseñado que el género novela es susceptible de incorporar todo tipo de elementos: cartas, ensayos, relatos, poemas. Tal vez por ello, El bululú de las ninfas se demora en asuntos que al final resultan innecesarios: ¿para qué visita la alemana la precaria agencia de turismo donde trabaja Antonia?; por cierto, ¿dónde fue a parar, en el batiburrillo de historias, esa agencia? Asimismo, ¿hacía falta la anécdota del descubrimiento del sexo entre Bernardito y el trío de ninfas (asumimos que a ellas se refiere el título), con la forzosa incorporación de Bubute, como causa que explicaría el consecuente rechazo de Antonia?

Hay otras debilidades. Si no lo tomamos como pretexto para hacer incursiones sobre el color local, ¿cuál es la relevancia del policía germano? ¿Es verosímil la muerte de Bubute por tétanos? (Las páginas que relatan el suceso no tienen ningún rasgo humorístico, pero produce risa creer que alguien muera, el año 1999, de esta afección; más aún si recordamos que es parte de la sabiduría popular, por llamarla de alguna forma, el conocimiento de ciertas enfermedades típicas en pueblos y barrios: sarampión, lechina, paperas y, por supuesto, la que acaba con el buenazo de Bubute). Tampoco es verosímil, salvo como tópico, el intangible romance entre Pancho y Justina, y el melodramático capricho de un joven por una chica que apenas lo saluda. Este atolondrado enamoramiento resulta, en síntesis, la historia principal de la novela y no la otra, la del extraño asesinato a la orilla del mar.

La más flagrante debilidad revela el escaso planeamiento de la obra: en la frase que transcribimos en el tercer párrafo (“una mujer que amaneció desnuda, violada y muerta”) se menciona el hallazgo de un cadáver violado. Sin embargo, eso nunca ocurrió. La novela no sucede en presente absoluto. Los hechos siempre están en pasado; esto quiere decir que el narrador concreto sabe de antemano cómo se desenvolverán los acontecimientos, por lo cual nos parece que Pulido no revisó el detalle relacionado con el potencial asesino de la alemana: una mujer. Por otra parte, el rasgo más resaltante en el cuerpo de la occisa indicaba otro tipo de fallecimiento, no una violación. Con colocar el adverbio “supuestamente” en esa escena de entrada hubiera bastado. O sólo con revisar, como recomienda el oficio.

Al concluir la novela nos queda la sensación de que Pulido intentó retratar nuestra disparatada realidad con base en las vidas marginadas de un grupo de habitantes de la costa, quienes sufren los embates de un presunto homicidio y de un terrible deslave (clara referencia a la llamada “tragedia de Vargas”, tema que, nos parece, rompe con la atmósfera). Aventuramos la idea como intuición, pues el tono superficial de la obra no supera el simple divertimento ni la desorientada vaciedad de las historias.

Insistimos en reconocer el apoyo que, según señalamos en nuestra anterior reseña, las editoriales privadas brindan hoy al escritor venezolano, pero lamentamos que esa apuesta no distinga aún los libros de baja calidad. El bubulú de las ninfas es una novela con escenas divertidas, nada más. No se busque en ella otras cosas. Seguro que apenas cerrarla podrán “sacudírsela del corazón”.

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