sábado, 27 de junio de 2009

El caso Blanco Calderón


Hay escritores con suerte: aquellos que con el libro inicial ganan un puesto en la frágil y delgada barra de las congratulaciones. Para la mayoría, sin embargo, la recepción de su escritura suele ser un asunto de coraje y paciencia. Coraje para aceptar que lo publicado es probable que no se comente porque, tal vez, no se leyó; paciencia, por el silencio que obliga a seguir intentando ser atendido siquiera en una breve reseña de prensa.

Rodrigo Blanco Calderón es de los afortunados. Desde cuando se dio a conocer como uno de los ganadores del concurso de inéditos de Monte Ávila Editores del año 2005 ya su nombre circulaba con respeto por los pasillos de la Escuela de Letras, ese escenario que suele aparecer en muchos de sus relatos, pues se le tenía (se escucha decir a sus allegados) como un bisoño genio. La obtención del premio de cuentos del diario El Nacional (2006) no haría sino confirmar el rumor: al parecer estábamos ante un precoz talento. Cabalgar la cresta de la ola publicitaria de nuestro sector cultural ha hecho posible la aparición de su segundo volumen de cuentos: Los invencibles (Caracas: Random House Mondadori, 2007). No obstante, ¿cuánto de solvencia narrativa hay en sus textos? ¿Cuánto le debe Blanco a la propaganda? ¿Será pura buena suerte?

Interrogaciones obvias, ya que desde hace al menos seis años otros nuevos narradores circulan en el medio venezolano sin disfrutar, al menos hasta el instante de redactar esta nota, del mismo reconocimiento de Blanco Calderón, pese a que sus primeros libros lucen tan consistentes como los de él. Es el caso, por ejemplo, de Carolina Lozada, Luis Enrique Belmonte, Krina Ber o Héctor Torres. (Hay otras presencias curiosas en el panorama literario actual: los nombres de Salvador Fleján, Federico Vegas y Enza García, los cuales requerirían un detenido análisis en relación con el prestigio que se ha ido creando alrededor de sus libros y de sus figuraciones públicas.)

Un primer rasgo material de Los invencibles es la longitud de los relatos. El libro tiene 153 páginas, pero sólo seis cuentos. Esta característica ya nos la había mostrado Blanco Calderón en Una larga fila de hombres (2005), donde cinco textos ocupan 139 páginas. Allí, “Uñas asesinas” tiene las dimensiones, y algunos piensan que el aliento, de una pequeña novela (75 páginas). Aun cuando la estadística pueda parecer vana, lo cierto es que el hecho indica la necesidad de convertir la lectura en una suerte de máquina de historias que requieren de otras historias (sobrepuestas, laterales, soterradas), para exponer la mayor cantidad de matices que se intenta convertir en metáforas de la cotidianidad.

Una cotidianidad sui generis, pues en cinco de los textos el tema de la literatura ocupa excesivo espacio. Es decir, no parece muy verosímil que casi todas las sensaciones transmitidas por las anécdotas vengan mediadas por algún pasaje, título o referencia literaria. Un aspecto quizá cuestionable si lo que se busca es una amplia proyección de las historias, un universo lector al cual los guiños librescos no le obstaculicen el disfrute. Tal vez a Blanco Calderón le interesa un público focalizado: ese que calienta los pupitres en las escuelas de letras y, después, las tarimas de clases. Sin embargo, debe admitirse que en ocasiones cansa tanta sabiduría literaria. Pero pasemos a evaluar detenidamente cada trabajo del volumen.

El libro abre con “Los invencibles”, relato de una cópula a la cual se le sobre impone una premonición que recuerda el tiroteo del infame Joao Gouveia en la Plaza Altamira de Caracas, los días cuando un grupo de militares tomaron aquel espacio como protesta contra el gobierno de Hugo Chávez. Se trata, en realidad, de una mera suposición, pues el texto nunca refiere de manera directa el acontecimiento, aunque lo deja entrever para quienes manejamos el dato. Al narrador lo que le interesa es contar el cuento que otro personaje le ha relatado (una estrategia recurrente en el libro): el breve instante de amor realizado en un banco de la solitaria plaza. Todo ocurre en una noche, como en los sueños. La virtud de este cuento acaso estriba en que al final no sabemos si Camilo, el protagonista, soñó, vivió o alcanzó a vislumbrar lo que sucedería. Sin embargo, ¿el detalle sobre la balacera funcionaría para lectores de otros contextos? ¿O para quienes nada saben del hecho real?

Aquí es propicio señalar un aspecto destacable en tres de los relatos del libro: la exigencia de ambientar las anécdotas en algún acontecimiento de la historia venezolana reciente. En “Los invencibles”, ya vimos, el asesinato perpetrado por Gouveia; en “El último viaje del Tiburón Arcaya”, la tragedia (o vaguada) de Vargas del año 1999; en “Los golpes de la vida”, el paro petrolero de 2002. Esta necesidad es tan evidente que da la impresión de que a cada hecho factual impactante de la vida del país, Blanco Calderón le escribe su correlato; esto es, le responde con un cuento.

El segundo texto de Los invencibles es un relato en el cual se nota la compulsión libresca e inocuamente erudita del autor. Se titula “El biombo” y puede tomarse como un homenaje al escritor Miguel Gomes construido sobre la base de una historia en apariencia muy conocida por ciertos grupos de la Escuela de Letras de la UCV. Hay menciones, solapadas de manera ingenua, a escritores del patio: “Guillermo Cascadas” (Meneses), “Federico Vargas”, “Ana Malena Torres”. Se observa, asimismo, cierto cuestionamiento a algún resultado del concurso de cuentos de El Nacional y, en consecuencia, a la dinámica de las instituciones de promoción de la literatura. La historia gira en torno a una extraña pareja de ex-estudiantes de letras y a las orgiásticas reuniones que uno de sus miembros solía realizar en su casa, so pretexto de llevar un taller literario. Sin duda, este resulta el texto más infeliz del conjunto.

Por su parte, en “Calle Sarandí” se narra la historia de un personaje quien para sobrevivir debe disfrazarse de El zorro (protagonista de un célebre serial televisivo). Es un cuento redondo, bien logrado, en el cual se capta con precisión la maldad infantil y el ambiente callejero.

En “El último viaje del Tiburón Arcaya” nos topamos con la historia de fracasos del equipo de béisbol Tiburones de La Guaira, contada como una derrota continua que se ve reflejada, simultáneamente, en el deslave ocurrido en diciembre de 1999 (los días del referéndum para la aprobación de una nueva Constitución de la república) y en el rápido ocaso de un pelotero: Leonel Arcaya. Aquí también el narrador recibe la anécdota de otro personaje; él sólo se encarga de transmitírnosla. Los pormenores relacionados con la caída del club de pelota son rigurosamente ciertos; lo mismo puede decirse sobre el deslave. Es tal el apego a la realidad que por momentos nos parece estar leyendo una crónica. El propio narrador está al tanto de ello, como se deja colar en el siguiente fragmento: “En enero de 2006 recibimos otro golpe decisivo: el fallecimiento, por una extraña enfermedad, de Carlos «Café» Martínez, el jugador más querido, problemático e inimitable que ha tenido La Guaira. Se nos terminó de morir el pasado y nuestro futuro es un cauce de río seco. Hoy, primero de enero de 2007, fecha en que escribo esta crónica del desconsuelo, la sequía persiste como una estampa a contraluz del aguacero” (p. 102).

Como ya es costumbre, en “El último viaje del Tiburón Arcaya” Blanco Calderón rinde examen de sapiencia literaria: “Mi corazón era un sol negro: depresión y melancolía” (p. 86), alusión a un título de Julia Kristeva; “«El hombre que hablaba de Irene de Judibana»” (p. 93), imitación del nombre de una conocida novela de Alfredo Bryce Echenique; para no citar pasajes de indudable raigambre literaturosa.

Lo mismo se evidencia en “La hora sin sombra”, relato de tono fantástico que de algún modo sustenta su anécdota en una referencia literaria: “Criaturas de la noche”, cuento de Israel Centeno incluido en el libro del mismo título. En este trabajo, Blanco Calderón utiliza la estrategia del doble para narrar el extravío de un montañista en el Cerro Ávila. El delicado manejo del punto de vista hace que sólo hasta muy avanzada la historia nos percatemos de que quien narra es un personaje desdoblado por la alucinación o por la pérdida de la conciencia racional.

Cierra el volumen “Los golpes de la vida”. Con este relato, Blanco Calderón ganó la 61ª edición del concurso de cuentos de El Nacional, en 2006. Sin duda, es el texto más logrado del libro. Plagado de justificadas, ahora sí, referencias literarias y de menciones a escritores, el texto es un homenaje a Francisco Massiani. La anécdota se basa en una frustrada reunión entre Julio Cortázar y el venezolano. La estrategia reside, de nuevo, en presentar a un narrador cuyo papel consiste en escuchar al personaje que relata la historia central del cuento. No obstante, el lector es puesto al tanto de lo que sucede gracias a ese narrador-escucha, el cual suele presentarse como una figura secundaria.

Para incrementar el grado de complejidad, y con ello las inflexiones narrativas, a la fábula central se le insertan un par de pequeñas historias: 1) la de los restaurantes chinos; 2) la del encuentro entre Baica Dávalos, Juan Carlos Onetti y Delio Otero. Estas inserciones son muy del gusto de Blanco Calderón, acaso como respuesta al influjo de la misma práctica observada en la narrativa del chileno Roberto Bolaño, pero también en la del peruano Julio Ramón Ribeyro y en la de los argentinos Ricardo Piglia o César Aira. Es decir, estamos posiblemente ante una manera de composición propia del espíritu de los tiempos, o de la moda.

Ahora bien, al inicio de esta nota nos preguntamos si la celebridad de la cual goza la narrativa de Blanco Calderón se debe a solvencia narrativa, a propaganda o a pura buena suerte. Debemos decir que Los invencibles revela efectividad en el manejo de la forma, la prosa y la resolución de los temas. Respecto a la propaganda y a la buena suerte es difícil pronunciarse. No obstante, hay hechos irrefutables: el hombre conduce un programa de radio, es miembro de una web popular (Relectura) y suele ser mimado por la prensa. Su prestigio ha ido creciendo con rapidez acaso como resultado de esas actividades. Con todo, pese a la carga docente con la que a veces nos alecciona, complace este segundo libro más sólido que el primero y su voluntad por buscar en el oficio el posible camino a alguna revelación estética o del espíritu.